UNA SEÑORA residente en Tenerife, que por motivos de movilidad laboral hace la compra alternativamente en dos o tres localidades de la Isla, me ha enviado una lista con dos columnas. En una están los productos básicos que suele adquirir, junto a los precios que tenían en el mes de septiembre. En la otra figuran esos precios ya en enero. Algunos artículos cuestan menos. Pero son pocos. La subida en la mayoría es notoria. Considerada en su conjunto, la cesta de la compra le sale un 9,9 por ciento más cara a esta ama de casa ahora que hace cuatro meses. Las cifras oficiales sobre el incremento del IPC en este período son algo menores, ciertamente, pero ante estas situaciones me valen más las estadísticas domésticas. Si un café tomado en un bareto a media mañana sube un diez por ciento en Chipude -sólo un ejemplo, claro-, y mantiene su precio en Santa Cruz, el incremento medio es del cinco por ciento. Lo cual no se ajusta ni a la realidad de Santa Cruz, ni a la de Chipude. Ciertamente la estadística posee parámetros tan importantes como la simple media aritmética, o incluso más. Sin embargo, su valor real se limita a cuando hablamos de grandes números. Es decir, de mucha gente o de muchos baretos; a la hora de la verdad, lo esencial es que a la señora de la lista de la compra le cuesta un diez por ciento más entrar en el supermercado.
La economía va mal no sólo porque resulte más caro llenar la despensa. Las cifras del incremento del paro en enero son alarmantes. Los beneficios de las empresas, las grandes, las medianas y las pequeñas, ya no son tan boyantes. Muchas de ellas ya ni siquiera obtienen beneficios. Por eso el PP está centrando su campaña en la economía. Un error más del perfecto candidato para presidente del casino de Ponferrada que lidera este partido. En primer lugar porque la economía no le interesa a la mayoría de los votantes; y si les llegara a interesar en un futuro no necesariamente próximo, tampoco condicionaría definitivamente su elección política. Alguien ha recordado estos días que Felipe González ganó por aplastante mayoría con un desempleo atroz, y que el PP de Rajoy perdió -Rajoy todavía no ha ganado nada; Gallardón, sí- cuando los bolsillos de los españoles estaban llenos y, además, había trabajo para vernáculos y foráneos.
Concurre, por añadidura y en contra del PP, otro factor: la crisis económica no se va a sentir con toda su crudeza en el ámbito personal hasta dentro de muchos meses. Al que se ha quedado sin trabajo lo ampara, de momento, el seguro de desempleo. Y lo seguirá amparando todo este año, si ha cotizado lo suficiente, así como buena parte del que viene. Para entonces, ya habremos votado.
Se trata en cualquier caso de una estrategia -la del PP- sustentada en la oposición suave; en evitar cualquier enfrentamiento ideológico que le acarree al partido el estigma de carca. En Tenerife, sin ir más lejos, Pablo Matos recurre al socorrido e inútil cliché de que ha aumentado la inseguridad ciudadana. Uno de los pocos temas que puede abordar Matos sin dañar su imagen de hombre impoluto. La gente suplica en silencio desesperado que alguien lidere a gritos su hastío, pero Rajoy habla de economía y Matos de seguridad. Qué patéticos los dos.
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