PARECE QUE FUE AYER: hace ahora cuatro años, en plena precampaña electoral previa a la consulta de marzo de 2004, Pedro Solbes, ya integrado en el equipo del aspirante Rodríguez Zapatero, explicaba a quien quisiera escucharlo que era necesario cambiar el modelo de crecimiento económico del país. Aunque Rodrigo Rato había logrado culminar una próspera etapa de ocho años de crecimiento ininterrumpido que acentuaron la convergencia con Europa y consolidaron la fortaleza de nuestras estructuras económicas, ya era manifiesta entonces la debilidad de un sistema basado en el impulso de la construcción, que comenzaba a dar síntomas de franco recalentamiento, y en el consumo interno, en la demanda de las familias. Solbes postulaba entonces la conveniencia de auspiciar un "aterrizaje" suave de la construcción y de dar la batalla por la productividad para que el crecimiento económico consiguiera apoyarse en fundamentos más sólidos. El impulso a la productividad había de conseguirse mediante, sobre todo, inversiones en educación y en I+D+i.
Muy pocos pensaban en aquel momento que habría de ser Solbes y no el responsable económico del PP (Rato acababa de ser postergado por Aznar en beneficio de Rajoy) quien gestionase la economía durante la legislatura siguiente ya que todas las encuestas auguraban la continuidad del PP en el poder. De cualquier modo, ya entonces se preveía la inexorabilidad de un momento crítico, en el que el sector construcción dejaría de 'tirar' de la economía y debería ser sustituido por tanto en ese papel por otras fuentes de actividad. Y se barajaba la posibilidad de que un enfriamiento busco con caída de precios -el célebre "pinchazo de la burbuja"-, provocara una recesión. Nadie podía prever, obviamente, que el enfriamiento de la construcción en España vendría de la mano de la crisis norteamericana de las hipotecas, que ha situado a la gran potencia al borde de los crecimientos negativos. La mala coyuntura se ha agravado asimismo por la concurrencia de otros factores, como la escalada del precio de la energía y la subida mundial del precio de los alimentos.
El reto del presente consiste, pues, en acelerar el cambio del modelo de crecimiento, una vez que han comenzado a golpearnos los efectos más perversos del enfriamiento de la construcción. La subida inusitada del paro en enero -un mal mes en todo caso- ha sido consecuencia del hundimiento de los llamados "chiringuitos inmobiliarios", o servicios conexos al "boom" de la vivienda, así como de la retracción de la iniciativa empresarial, afectada por las malas expectativas, que ha actuado sobre la contratación temporal. En definitiva, las incertidumbres que son propias del final de un ciclo, que requiere el comienzo de otro, se han sumado en esta ocasión a las incertidumbres provocadas por la coyuntura electoral, en la que los actores políticos y sociales tienden a exagerar y a minimizar los términos del problema real.
El debate sobre si el Gobierno de turno ha hecho o no sus deberes a lo largo de este cuatrienio tiene gran interés político, sin duda, para los ciudadanos que han de tomar el 9 de marzo la gran decisión electoral; sin embargo, a efectos prácticos, lo que urge es averiguar qué debe hacerse en la próxima legislatura para enderezar la economía española, dentro del limitado margen de maniobra del gobierno del Estado en un mundo globalizado como el actual y en el seno de la Unión Europea, que nos marca la política monetaria.
La propuesta de luchar por ganar productividad sigue en pie, obviamente, pero este "desideratum" sólo puede formalizarse a medio y largo plazo. En el corto plazo, la urgencia pasa por aplicar las fórmulas tradicionales de política económica: incrementar todo lo posible la inversión pública para paliar el déficit de inversión privada; inyectar liquidez en los mercados mediante una agresiva política fiscal para estimular el consumo; incidir en la flexibilización del mercado laboral -aplicando realmente normas ya existentes y negociando otras nuevas con los agentes sociales-; profundizar en medidas liberalizadoras y desreguladoras de sectores aún intervenidos o con baja competencia interna para reducir la inflación... El "plan Attali" encargado por Sarkozy y recién dado a conocer en el país vecino podría seguir de guía en varios de estos designios.
Todo esto es tan obvio que cualquier responsable futuro de la economía española lo llevará sin duda en la cartera al hacerse cargo de su tarea tras el 9-M. Solbes y Pizarro, que se disputan a cara de perro ese rol, saben en su fuero interno que, con los matices que se quiera, no tendrán otro remedio que aplicar estas terapias, con la conciencia de que nos aguardan tiempos relativamente difíciles -es cierto que partimos de situaciones envidiables que nos otorgan relevante capacidad de resistencia- y con una gran incertidumbre sobre la profundidad de la crisis que, como siempre ocurre, nos ha estallado entre las manos en el peor momento.
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