NADIE PRETENDE -y nadie podría- silenciar en España a nuestras altas jerarquías eclesiales, por lo que la afirmación del cardenal Cañizares de que "la Iglesia no callará, aunque esto le traiga juicios falsos e injustos", no nos acerca al heroísmo de los primeros cristianos ni al de tantos mártires por el maravilloso delito de haber predicado en circunstancias adversas a Jesús de Nazaret. Además de cardenal, Antonio Cañizares es arzobispo de Toledo y vicepresidente de la Conferencia Episcopal, y de él se dice que es el purpurado español sobre el que reposa más complacida la mirada de Su Santidad Benedicto XVI.
Al hacer pública su orientación del voto, procurando ahuyentarlo de ciertas opciones políticas, las altas jerarquías de la Iglesia española han producido algún asombro en el sector menos acomodaticio de sus fieles, desacostumbrados a que las autoridades de la Iglesia se impliquen de lleno en las tensiones políticas. Hasta un católico de raigambre como el líder castellano/manchego José Bono, amigo personal de varios purpurados, se ha visto precisado a decir, refiriéndose a la Conferencia Episcopal, que veinte obispos no son la iglesia universal, es decir, católica; son simplemente veinte obispos. Y varios teólogos seglares, y no sólo José Tamayo, secretario de la Asociación Juan XXIII, lamentan esta incursión tan directa de nuestro episcopado en nuestra política.
El presidente de la Conferencia Episcopal y obispo de Bilbao, Ricardo Blázquez, también ha dicho que la polémica despertada por el documento orientativo del episcopado ha sorprendido en la cúpula eclesial e, intentado no echar más leña al fuego, añadió que "el Evangelio no se identifica con ningún proyecto político". Esta frase abre una gran variedad de interpretaciones, y no tanto porque el Evangelio se desentienda o no de la política como porque las comunicaciones de las altas jerarquías eclesiásticas no pueden identificarse sin más con el Evangelio.
Conviene en estos casos diferenciar la obligación evangelizadora de todos los cristianos, incluidos obviamente los obispos, y la estrategia política episcopal, por mucha carga de valor moral que contenga, como en este documento que tanto ensalza el derecho a la vida y el respeto al matrimonio, institución que casi antropológicamente ha venido regulando las relaciones humanas de emparejamiento. El documento orientativo del voto que tanta polémica ha levantado vendría a ser la rúbrica del episcopado a su oposición político/confesional al Gobierno durante la legislatura. Y ello recuerda, dada la complacencia del Vaticano en la mayoría más activa de nuestros obispos, la reacción de Francisco Fernández-Ordóñez, ministro de Justicia en un Gobierno de la UCD, cuando el nuncio acudió al ministerio para transmitirle el alto grato de oposición vaticana al divorcio, en vías entonces de tramitación parlamentaria.
Cuando el nuncio presionaba a Fernández Ordóñez contra el divorcio, el ministro le preguntó: "¿usted hablaría en estos términos al ministro francés?". Y el nuncio respondió: "Pero España no es Francia". Y ese momento, levantándose para dar por finalizada la entrevista, Fernández Ordóñez apostilló: "Y España no es Biafra".
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