"UNA COSA SÍ TUVO CLARA DESDE EL PRINCIPIO: el trabajo no podría realizarlo él solo. Iba a comenzar el desmonte del solar sólo veinte días después y calculó que necesitaría varios para llevarlo a cabo. Tendría que retirar del enterramiento las momias y todos los objetos antes que la pala mecánica llegase a descubrirlo. Para hacerlo necesitaba ayuda, y fue entonces cuando se acordó de Solís. Lo conocía de vista, como otro constructor, y sabía que se había quedado viudo hacía poco tiempo. En uno de los almuerzos organizados por la Federación de la Construcción oyó decir a unos colegas suyos que, quizá por no haber podido superar el trauma de la viudedad, Solís no acudía ya a aquellas celebraciones y que estaba atravesando un mal momento, sobre todo económico. Tenía algo abandonadas sus obras, lo acuciaban varios proveedores porque no pagaba sus facturas y los bancos le reclamaban el cumplimiento de sus compromisos. Era, pues, la persona ideal. Lo llamó sin darle más vueltas al asunto, se entrevistaron en un lugar apartado para que nadie los viera juntos y Fresneda le hizo la siguiente propuesta: si lo ayudaba a sacar los objetos del enterramiento le daría el diez por ciento de los beneficios que generara la promoción del edificio. Era una propuesta bastante generosa y Solís la aceptó de inmediato porque vio que así podría resolver sus problemas financieros, de modo que sólo un par de días después comenzaron la faena. Antes estudiaron minuciosamente cómo deberían acometerla, se compraron la ropa y el calzado adecuados y señalizaron el sendero que deberían seguir para no perder el pie en la oscuridad de la noche. El caso es que, para suerte suya, realizaron el trabajo sin ninguna dificultad. Cada día, a lo largo de una semana, cargaban en el maletero del coche de Fresneda un par de bolsas y las depositaban en contenedores de basura, no sólo en Santa Cruz sino en La Laguna, dejando el enterramiento, así lo creyeron, limpio de objetos.
"Pero Fresneda no contó con la avaricia de su socio; de nuevo se confirma que rompe el saco. Solís, mientras tanto, se había enterado de lo que habría significado para la comunidad científica canaria un descubrimiento de aquellas características. Según parece visitó el Museo de la Naturaleza y el Hombre, consultó en la Casa de Cultura algún libro sobre el particular e indagó con sus conocidos el posible valor que tendría para los expertos el descubrimiento. En su deseo de sacar más tajada del asunto telefoneó entonces a Fresneda y quedaron en verse el día diecisiete de abril en la plaza de España. Dejó su coche en el estacionamiento y fueron a dar una vuelta en el de Fresneda. En Los Campitos, cerca del mirador, le dijo que deseaba un porcentaje mayor de los beneficios que generara la venta del edificio y, además, un adelanto para resolver la falta de efectivo que en aquel momento sufría. Discutieron acaloradamente y Solís, quizá asustado por la ira de Fresneda cuando oyó su propuesta, retrocedió y resbaló. Se cayó al suelo, con tan mala suerte que se golpeó la cabeza con un bordillo y la herida que se produjo le causó la muerte. Desesperado, sin saber lo que hacía, Fresneda introdujo el cadáver en su coche y consideró que lo mejor sería esconderlo en algún sitio para ganar tiempo. Al bajar hacia Barrio Nuevo, con la idea de dirigirse a continuación a La Laguna, se topó con el lugar donde encontramos el cadáver. Consideró que tenía las condiciones idóneas para ello y lo dejó detrás de unos matorrales. También revisó sus bolsillos por si había en ellos algo que lo delatara. No lo despojó de su cartera y documentos personales pensando que Solís no tardaría en ser reconocido al publicarse su foto en los periódicos, pero sí destruyó el ticket del aparcamiento por si alguien lo había visto a él por los alrededores.
"Dos días después se percató de que podía existir la posibilidad, aunque muy remota, de que la policía tomase las huellas de los neumáticos que había en el suelo del lugar donde había escondido el cadáver. Volver a él habría sido un disparate, un riesgo innecesario, de modo que por si acaso decidió cambiarlos. Por la misma razón, la posibilidad de ser reconocido, eligió un taller alejado de Santa Cruz, en Los Cristianos, tras lo cual recuperó la tranquilidad que la muerte de Solís le había hecho perder. Sin embargo, poco le duró porque al día siguiente fue a verlo el 'Pulpo'. Este, que vivía cerca del solar de Fresneda, vio una noche por pura casualidad a dos personas que pasaban cerca de su cueva llevando unas bolsas de plástico. Intrigado, los siguió y observó que metían las bolsas en el maletero de un Mercedes aparcado en la calle Esmeralda Cervantes, cercana a su solar, todo ello sin hacer ruido y con el máximo cuidado para no llamar la atención. Por si acaso se le ocurrió tomar la matrícula, con la mala suerte para él por las consecuencias que iba a sufrir, de que tres o cuatro días después, deambulando por la zona, descubrió el coche de Fresneda estacionado delante del solar. Aunque desconocía el contenido de las bolsas abordó a Fresneda cuando este se hallaba solo en la obra y le dio a entender que sí lo sabía, exigiéndole un dinero para no denunciarlo. Resulta natural que Fresneda se asustase porque de nuevo veía la construcción de su obra en peligro, así que le dijo que no llevaba consigo la cantidad que le pedía y lo citó para aquella misma noche detrás del solar. El del 'Pulpo' sí fue un asesinato porque Fresneda lo empujó después de darle un puñetazo. Al rodar ladera abajo, uno de los golpes que sufrió con las piedras acabó con su vida. Como la vez anterior, Fresneda ocultó el cadáver en un lugar algo alejado de su solar, no sin verter en la boca parte del vino que el 'Pulpo'llevaba en un tetrabrik; ignoraba que la autopsia permitiría establecer con claridad que la víctima no estaba borracha al caerse. Al contrario, dejó claro que había sido asesinada.
"Al día siguiente se descubrió el cuerpo de Solís y me hice yo cargo de la investigación, y al otro, o sea el lunes, se halló el cuerpo del 'Pulpo'. Nadie todavía relacionaba a Fresneda con los muertos, pero entonces recibió la mayor sorpresa de su vida. Resulta que al 'Miserias' le sucedió lo mismo que al 'Pulpo'. Recuerde que vivía enfrente del Museo de la Naturaleza y el Hombre, donde el barranco termina, y un día de madrugada observó que dos hombres llegaban a uno de los contenedores de basura que hay allí y, con mucho sigilo, depositaban unas bolsas en su interior. Como hizo en su momento el 'Pulpo' también él anotó la matrícula. No sólo eso, sino que una vez el coche abandonó el lugar sacó las bolsas del contenedor y se las llevó a su cueva. El día veintinueve de abril, intrigado por la muerte del 'Pulpo', se le ocurrió recorrer el barranco por la zona donde había sido encontrado su cadáver. Luego subió hasta la calle Salamanca, no sabemos con qué propósito, pero el caso es que la historia volvió a repetirse: se encontró con el coche de Fresneda aparcado enfrente del solar, pues ese mismo día había comenzado a desmontarlo. Sin pensárselo un momento le dejó una nota en el limpiaparabrisas que decía simplemente 'Momias. A las dos y media detrás del solar'. Luego fue en busca de un conocido suyo, Juanito 'lavacoches', y le propuso que lo ayudara a ocultar las momias debajo del puente de El Cabo. Una vez hecho esto aquella misma noche se dirigió a su encuentro con Fresneda y le exigió una elevada cantidad de dinero a cambio de su silencio. En esta ocasión el contratista no se anduvo con rodeos y lo golpeó con animo de matarlo. Lo consiguió de entrada y ocultó el cuerpo cerca del puente Zurita, hasta que el Día de la Cruz fue avistado por un peatón.
"Durante unos días Fresneda pudo respirar tranquilo. El desmonte del solar lo estaba realizando sin problemas, y aunque los periódicos le daban bastante importancia a la muerte de los dos vagabundos lo cierto es que nadie lo relacionaba a él con el suceso; tampoco con la muerte de Solís. Pero se ve que tenía, como suele decirse, el santo de espaldas. El día seis de mayo, más o menos cuando él había previsto que sucedería, se descubrió el enterramiento guanche. Para su desgracia, cuando sacaron de él las momias y los gánigos ninguno de ellos se percató de que quedaron en su interior, ocultas por un pequeño desprendimiento de tierra anterior, varias vasijas y unas muelas. Uno de los obreros que trabajaban en la obra apuntó la idea de que pudiese tratarse de un enterramiento guanche, por cuyo motivo se vio en la necesidad de informar a las autoridades. Parecía que todo lo que había hecho para poder continuar la obra no le iba a servir de nada, pero por una vez la suerte le sonrió. Felipe Sosa, el antropólogo del Museo de la Naturaleza y el Hombre, decidió que allí no había nada más que investigar y a los pocos días se revocó la orden de clausura que el ayuntamiento había dictado.
Después de tan largo parlamento Miranda se detuvo unos instantes por si su jefe tenía algo que preguntarle, pero Estévez se hallaba tan embebido con el relato que le hizo un gesto para que continuara. El inspector, tras esbozar una ligera sonrisa al ver la atención que su informe causaba, prosiguió:
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