Me da la impresión de que sí, que es el mar. Ese mar por el que desde hace años luchamos para que se nos entregue, ya que nos pertenece; por el que llegó nuestra cultura en un sempiterno cruce de pueblos; sí, ese mar es el que entorpece y separa, por ello habría que secarlo, que sus aguas se solidificaran para hacer de Canarias eso, una tierra única, una isla grande.
El que cada isla, y hablo en clave nacionalista, siga con sus pretensiones y exigencias a espaldas de las demás, lejos de una idea común y hoy aislada, dentro de sí, creyéndose el ombligo del archipiélago, es incongruente y peligroso para el proyecto nacionalista.
Que cada isla continúe instalada en la incapacidad de incrustarse en un territorio que debe ser el mismo para todos en el afán y búsqueda de prebendas políticas propias, se aleja muy mucho de la concepción de lo que debe ser tener una conciencia nacionalista clara y determinante.
Y hablo metafóricamente (secar el mar) porque no se me ocurre otro recurso intelectual para explicar la disgregación, el situarse cada cual en su reducto insular, ya que desde ahí, si se piensa que se favorece la unidad, es un error.
La isla, va siendo hora, hay que sobrepasarla para llegar al pleno convencimiento de qué es lo que se pretende. Y debe ser una política canaria global y nacionalista, donde desde La Graciosa hasta El Hierro tengan opción y opinión para construir Canarias y desde esa estructura consolidada se implique y derive la solidaridad con aquellas islas desfavorecidas, las que sean, en esta o aquella dificultad.
Pero forzar, y si se quiere chantajear, con tal de obtener cotas de poder es mantener el desequilibrio y una huida hacia adelante que atenaza e impide iniciar nuevos caminos en el amplio espacio del nacionalismo canario.
De ahí que se hace necesario una reconversión, una redefinición, una deconstrucción; y tal vez habría que empezar por secar el mar para que Canarias, las islas todas, estuvieran ausentes de orillas y de cantiles que separan a unas de las otras.
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