Ingredientes del Carnaval Chicharrero
El cóctel carnavalero
de arte, humor y diversión,
son fundamento y razón
del gran sentir chicharrero.
El humor es lo primero
con la murga, que no falla,
la comparsa y la rondalla
y el antifaz personal,
forman conjunto esencial
acreedor a medalla.
En los grupos se adivina
la rica salsa canaria
y la alegre indumentaria
de la amateur bailarina.
Se percibe en cada esquina
el ritmo de los tambores.
La variedad de colores
y adornos originales,
muestran nuestros carnavales,
sin duda, entre los mejores.
Un gran interés propaga,
por ser evento precioso,
la celebración del coso
en la avenida de Anaga.
Allí por ver no se paga,
el desfile está a la vista.
Desde mi punto de vista,
modestamente concibo,
que es fundamental motivo
para atraer al turista.
Desde el campo viene a ver
cho Pascual los carnavales.
Pa'cuidar los animales
se quedará su mujer.
Ansina tiene que ser,
quiere decidir él mismo.
Con la magia y su machismo,
este año tiene el pretexto.
Si se echa fuera del tiesto,
él dirá que es espejismo.
Felipe Juan González García
Coplas de mi tierra
La mujer y la sabina
en el temple se parecen,
frente de la adversidad
en su orgullo se enaltecen.
Cuando canta un gallo fino
hay que andarse con cuidado
porque el gallo cuando ataca
suele ir de medio lado.
El gallo que no pelea
cuando está en su gallinero,
ese gallo no me sirve
mejor está en el caldero.
Aquello que no canta
cuando va aclarando el día,
es mejor darle candela
en una sopa, María.
El gallo que no defiende
ser el rey del gallinero,
ese gallo no merece
sino estar en el puchero.
A las tres de la mañana
el gallo estaba cantando
porque a todas sus gallinas
se las estaban robando.
El vino de Tacoronte
tiene aroma y buen sabor,
como la mujer canaria
cuando quiere con amor.
La cara tienes tiznada
del jumo la campuchina,
parece que jociquiaste
dentro el goro la cochina.
Las coplas canarias son
notas que vuelan al viento
cuando las canta un canario
con cariño y sentimiento.
Cuando el sol se despereza
y la retama florece,
el teide tiende su manto
y la cumbre resplandece.
Enrique Díaz Martín
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