1.- Les hablo desde Nueva York. He venido con mi hija, que ha logrado interrumpir por unos días su oposición. Le he prometido enseñarle lo que yo conozca y se pueda resumir en unas cuantas jornadas. Creo que la ciudad vuelve a cambiar muy deprisa y quiero conocer lo que se me escapa de la Gran Manzana. Pero no voy a obviar los paseos por la calle Broadway, que a mí me parece todo un clásico. De momento -acabo de llegar- sólo percibo ese olor característico de la ciudad; es por la gasolina distinta. Una vez la dispensaron en Tenerife y la isla olía a Nueva York. Fue fantástico. Las ciudades se distinguen por el aroma de sus naftas: fíjense en el olor de Caracas, por ejemplo. Fíjense en Buenos Aires, con una gran polución; y en Montevideo, una ciudad en la que el tráfico es muy escaso, pero te llega a la nariz ese tufo característico del combustible/Caribe.
2.- Otra vez Nueva York, con unos trámites de entrada estrictos. Una vez superada la barrera burocrática vuelves a detenerte ante el Plaza, convertido ya en un esplendoroso edificio de condominios; ¿y asomarte al Battery Park, a donde iré mañana, a ver el tono gris del Hudson helado? Huiremos de las tristezas: no nos acercaremos a la zona cero, o a lo mejor sí, para contemplar los restos de la maldad del ser humano; de lo que son capaces de hacer los asesinos contra sus semejantes. Mi hija no come carne, a sí que me perderé Smith and Wolensky. Compraremos las cosas falsas de los chinos. O mejor iremos a los outlets de las afueras de Miami -que también viajeremos a Miami-, para echar un vistazo.
3.- Los lectores me escriben mucho cuando hago crónicas de viaje. Me encanta. Pero a la vuelta les contaré cosas de este flamante Nueva York, que ha reducido al mínimo las tasas de criminalidad y que funciona tan ordenadamente anárquica como siempre. Esta ciudad -es la vez número 43 que estoy en ella- me cautiva; me ha cautivado siempre. Recuerdo que una persona muy querida para mí, cuando la visitó por primera vez, salió de la ciudad llorando de emoción. Esos recuerdos supongo que los tiene todavía, a pesar de los años y de las cosas. No sé por qué, pero cada vez que vengo a Nueva York me parece que será la última. Esta sensación no me la puedo quitar de encima. Hace frío. Buenos días.
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