... La escalada de enfrentamientos verbales que están protagonizando los tres partidos representados en el Parlamento canario ha desembocado en la conversión de la Cámara en un remedo de Senado italiano, en el peor sentido de la palabra, es decir, en el de convertir aquel lugar en escenario circense de agravios personales e insultos. Los ánimos caldeados del principio de la legislatura autonómica no hacían presagiar nada bueno, pero de las palabras se está pasando a gestos y, a este paso, quién sabe si a las manos (eso si es que en algún pasillo no ha habido ya algo). Si ya eran graves los calificativos que se dirigen a menudo los diputados del grupo del Gobierno canario (CC y PP) y la oposición socialista, últimamente se ven actitudes, gestos, muecas incluso, que van más allá. Y, lo que es más denigrante, se dirigen a la persona, no al partido y mucho menos a la ideología del contrincante. Un día empezó el jefe de las filas socialistas haciendo caricaturas de sus adversarios, lo cual tenía su gracia y hasta su lógica si se tiene en cuenta su faceta de dibujante de esa especialidad; pero luego alguien de entre los nacionalistas le devolvió la pelota con otros dibujos que dejaban de lado el aspecto humorístico para adentrarse en el de la descalificación. Otro día al jefe de filas del PP, José Manuel Soria, le da por colocarse leyendo un periódico atrasado frente a López Aguilar sólo porque por la página de detrás se ve un gran titular donde se denigra a este último. Anteayer, el mismo Soria le dirige al mismo oponente, al que tiene enfrente a apenas cinco metros, el gesto del dedo haciendo rosca en la sien, la manera inconfundible de llamar loco a alguien.
... Cualquier día va a ocurrir algo grave en el Parlamento canario; alguien va a perder los nervios y va a pasar de la agresión verbal a la física. Entonces, cuando eso ocurra, ya nos pareceremos un poco más a Italia en lo malo, es decir, en la degradación de la política entendida como la continua "vendetta" entre partidos y, sobre todo, entre políticos con nombre y apellidos. El presidente de la Cámara, Antonio Castro, no tiene, precisamente, el carácter enérgico y resolutivo de un Manuel Marín. Seguramente ni le gusta el puesto, que, al fin y al cabo, es una compensación por dejar el Gobierno autónomo después de tres lustros como consejero. Así que por parte del "árbitro" el partido no va a perder su virulencia. Tendrán que ser los propios protagonistas los que se sosieguen si no quieren perder la escasa consideración social que tienen, según señalan las encuestas de la propia Administración. Mientras tanto, que no se rebajen más; que su cotización en el mercado de la credibilidad ya están bastante deteriorada. Tengan vergüenza, que diría el hombre de la calle.
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