NO HAY MANERA, a lo que se ve. El consumidor es siempre la víctima; el usuario es invariablemente el perjudicado. Y no se beneficia ni siquiera cuando el Gobierno se inventa leyes y normas para que no abusen de sus bolsillos.
El redondeo, por ejemplo. El redondeo es la releche -merengada- y un peligro para la microeconomía individual tanto cuando se implanta, aunque no sea oficialmente, como cuando se prohibe (en este caso, sí: por ley u orden gubernativa, que se dice).
Uno de los peores fenómenos que hemos sufrido en los últimos años en lo que se refiere a nuestros gastos cotidianos que tanto influyen en el poder adquisitivo de cada cual, se vio venir antes de que se produjera. Pero nadie hizo nada para evitar su desarrollo y consecuencias. Me refiero al redondeo que se generalizó tras la entrada en vigor de la moneda única, el euro, en nuestro país. Los ministros nos contaban, para ir preparándonos, que, efectivamente, el personal tendería a redondear los precios siempre al alza, pero que esa previsible tendencia no afectaría demasiado al IPC ni a nuestras carteras y cuentas corrientes.
Narices, digo yo, por no soltar un taco. Unos años después de europeizarnos monetariamente los precios han subido una barbaridad y hemos llegado a la crisis actual que se achaca -con bastante razón, es evidente- a la coyuntura internacional, a las hipotecas de alto riesgo, al coste del crudo y al nuevo protagonismo de los cereales en el conglomerado del toma y daca en el panorama de los mercados planetarios. Todo eso es verdad, insisto, pero la mala racha, por así decirlo, para el ciudadanito de a pie comenzó con el dichoso redondeo. Lo mantendría aunque viniese un Nobel de Economía a discutírmelo.
Pero es que, cuando el Ejecutivo trata de acabar con algunos redondeos descarados e injustificables, como el que llevaban a cabo las empresas de aparcamientos públicos, resulta que, en lugar de echarnos una manita, conseguir que gastemos menos y rebajar las ganancias ilegales de las citadas empresas, logra todo lo contrario. Se ha comprobado que, ahora, con la ley que impide los redondeos en los estacionamientos, el pobrecito aparcador paga más que antes, cuando las tarifas se apoquinaban por horas y no por minutos. Hecha la ley, ya se sabe, hecha la trampa, que consiste, por ejemplo, en cobrar un fijo por el simple hecho de entrar en al aparcadero o establecer una tarifa de oro por el primer minuto, que como su propio nombre indica se paga a precio de metal precioso.
Total, que como en el verso aquel: Ni con ni sin redondeo vivimos algo mejor, pues siempre sale ganando el pillo y estafador.
Mientras no exista una ley contra eso, contra la pillería, vamos dados, oigan.
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