A poco que uno se lo proponga, en el Madrid de estos días es posible desayunar, almorzar y hasta cenar varias veces acompañado por algún político, hombre de negocios o personalidad de cualquier tipo que tenga la capacidad de convocatoria suficiente para llenar el salón, o el comedor grande, de un hotel. Hace un par de mañanas le tocó el turno a Arturo Mas, político catalán conocido por Artur Mas. En realidad, Arturo siempre fue Arturo hasta que, allá por el año 2000, cobró el primer sueldo de la Generalidad de Cataluña y se incorporó al catalanismo oficial. Por añadidura, quitarle una letra, preferentemente del final, al nombre o apellido da un toque, ¿cómo decirlo?, ¿más chic? Si yo tuviese alguna vez que impartir una conferencia, verbigracia, en Nueva York, a lo peor sucumbiría a la pollabobez de presentarme como Ricard Peytavic en lugar del Ricardo Peytaví de cuna, si bien lo de añadirle la "c" postrera al apellido quizá debería pensarlo un poco. Alguien podría confundirme con un "ciudadano" del Este, y el asunto quizá acabaría liado de mala manera. En cualquier caso, Artur en lugar de Arturo confiere un halo de distinción; tanto como Carme Chacón en vez del más castizo Carmen, Josep Antoni como sustitutivo de José Antonio, Pere por Pedro, etcétera. A fin de cuentas, no es lo mismo ser cretino que "cretín".
En fin, venía esto a cuento de que hace un par de días Arturo Mas reunió a algunas personalidades, periodistas incluidos, en uno de esos desayunos mencionados. Allí dijo que los partidos estatales sólo le dan a los votantes la opción de elegir entre un tonto y un mentiroso. Eso sí, no especificó quién de los dos, Zapatero o Rajoy, era el bobo o el embustero.
Hasta aquí, nada del otro mundo. Lo único reseñable, desde el punto de vista de estos alrededores archipielágicos, es que Luis Mardones también estaba en aquel desayuno. Muy contento y comunicativo, comentó de pasada, como quien no quiere la cosa, que en CC andan preocupados ante la posibilidad de que sólo consigan un escaño en el Congreso de los Diputados. La dulce venganza del despechado; caso de consumarse, claro. Personalmente, y a falta de una bola de cristal, un solo diputado -diputada en este caso- me parece poco. Y tres, para qué negarlo, les parecen muchos a los propios responsables del nacionalismo atlántico. De hecho repetir los resultados, no en cuanto a voto pero sí en lo referente al número de representantes en Madrid, sería un triunfo innegable para CC en estas circunstancias. Además, sin tránsfugas -traidor, según Paulino Rivero- en potencia como el ínclito Román Rodríguez; loable luchador por la unión de Canarias, eso sí, siempre que todo esté centrado en Las Palmas. Ya veremos qué ocurre el 9 de marzo.
En cualquier caso, se respira, tanto en Madrid como en Canarias, un ambiente político enrarecido. La gente empieza a estar cansada tanto de las promesas de un mentiroso, como de las idioteces de un señor que valdría para presidente del casino de Pontevedra, pero nada más. Y no me refiero al vecino normal y corriente -ese no sólo está cansado: lleva mucho tiempo harto-, sino a quienes hasta ahora han creído que existía una salida decorosa, al menos decorosa, para la asamblea cutre en que se ha convertido este país.
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