El ruiseñor vanidoso
Un alegre ruiseñor,
que solicito y cumplido,
de su polluelo en el nido,
cuidaba con gran primor,
procurándole el sabor,
que tanto le deleitaba,
las semillas le llevaba,
fruta y algún gusanito,
y saciado el apetito,
con su calor de abrigaba.
Feliz, en la sobriedad,
con sus trinos lo dormía,
y siempre le proveía
de cuanto hay necesidad
pero, ¡así es la vanidad...!
cuando buscaba alimento,
vio para dicha y tormento,
de pepitas un tesoro,
y un lecho con pinta de oro
invadió su pensamiento.
Pues para la criatura
lo máximo ambicionaba,
con ingenio lo adornaba,
y esmerándose en la hechura,
en joya de gran lindura,
su humilde nido tornó,
y orgulloso se creyó
ejemplar padre haber sido,
porque a su bebé querido
todo confort le brindó.
Mas, he aquí que en su ensueño,
del norte se desvió,
ya que en su afán se olvidó
de acurrucar al pequeño,
y concluido el empeño,
cuando a buscarlo volviera,
descubrió que por quimera,
cambió la realidad,
y en la fría soledad
el pichón se le perdiera.
Si alguno, con claridad,
en este espejo se viera,
es posible que no fuera
por pura casualidad,
ante la triste experiencia,
aprenda como lección,
que desmedida ambición
obnubila la conciencia
y armonice con sapiencia
realismo e ilusión.
Domingo Ruiz Guzmán
La Faz del Sol
Luz a quien encendió la vida mía,
fulgor que reluce en su costado
izquierdo, de mil soles estrellado,
mi bien, a quien vuela esta poesía.
Siendo tu corazón el que ardía,
por mor de él tu cabello iluminado
como gualdo oro nuevo acuñado,
tu corona capital resplandecía.
Si de hoy es belleza inigualable
no marchitará el día de mañana,
ni discreto habrá de ti no hable;
no siendo suya lisonja vana,
pues será del Sol vencedor el sable
de tu risa perenne: siempre gana.
Ignacio Martín Suárez
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