"Vengo de una isla surrealista que no es ni África ni Europa, donde vivir es una forma de estar muerto y estar muerto es la única manera de ser importante". La frase, que pronuncia Joaquim de Almeida (en el personaje de Óscar Domínguez) en la primera e impresionante película de Lucas Fernández, es una afortunada definición de esta tierra a la que tanto quiero y por la que tanto hemos luchado muchos.
Un socialista de los viejos -de aquellos a los que ser de Tenerife y defender esta isla no le producía anoxia leninista- se preguntaba una vez dónde estaban los hombres de Tenerife. Y si hubiera que responder hoy a esa pregunta diría que los hombres y mujeres de Tenerife están sumergidos en un cálido sueño de desinterés y abandono.
Cuando el entonces ministro de Justicia, Juan Fernando López Aguilar, subió a la tribuna del Congreso de los Diputados para decir que Canarias era una tierra de corrupción, los diputados canarios saltaron como picados por una avispa. Pensaron que era un insulto gratuito. Pero no. El señor ministro estaba exhibiendo, con esa imprudencia verbal que le caracteriza, las hojas de un rábano que había pensado, planeado y ejecutado pensando en el futuro. El rábano era cambiar la situación política en Canarias "cortando por lo sano". Tras perder elección tras elección frente al nacionalismo canario, Juan Fernando López Aguilar planteó al aparato del PSOE una operación distinta a la competencia en las urnas. Tras introducir cambios sustanciales en el aparato administrativo dependiente del Estado en Canarias, había que empezar a utilizarlo para atacar a la línea de flotación de los adversarios políticos. Primero del centro-derecha, que le molestaba en su isla, Gran Canaria, laminando a José Manuel Soria. Y, después, en un segundo paso mucho más ambicioso, atacando el corazón de Coalición Canaria: Tenerife, la cuna de ATI.
Si alguien se molesta en repasar los últimos años en la vida de las Islas podrá percibir un hecho absolutamente objetivo. Tenerife está de moda. Los periódicos de Gran Canaria han encontrado una nueva veta aurífera en el gran filón de siempre, el pleito, esta vez disfrazada de un servicio a la libertad de expresión que consiste en que desde "fuentes próximas a la investigación" (¡y qué próximas!) se les suministran una y otra vez filtraciones que se convierten en denuncias impresas y hechos supuestamente probados que, inexorablemente, han ido derivando hacia Tenerife. El linchamiento que empezó con la compra de Las Teresitas afectaba a quien esto firma, como alcalde, a algunos cargos políticos y a varios funcionarios. Tras el estupor, mucha gente empezó a pensar que en lo de Las Teresitas había "gato encerrado". El riego por goteo de las investigaciones filtradas, las noticias que las transmitían, las acusaciones veladas, los editoriales? La infamia pesa más que la verdad cuando vive en una tierra surrealista. Pero después de Las Teresitas ha seguido el festival caníbal. El corazón político de Tenerife es ATI y Coalición. Pero en la esquizofrenia paranoide del socialismo de López Aguilar, detrás de los títeres, están los que manejan los hilos: los empresarios. Y para descabezar el poder de Tenerife, la Isla que se ha escapado una y otra vez a su control, había que atacar también al poder económico y financiero que radica en la institución bancaria más importante de Canarias, nuestra Caja, una institución que, a base de esfuerzo, seriedad y eficacia, se ha convertido en la entidad financiera más importante del Archipiélago.
Hoy sabemos que detrás de aquel grupo "ecologista" que presentó la denuncia contra el Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife se escondía la figura de Santiago Pérez, que fue el que escribió el texto que se llevó a la Fiscalía. ¿Por qué se ocultó? ¿Por qué la presentó un grupo, Ínsula Viable, y no el Partido Socialista? Porque en aquellos momentos había que mantener la impostura de que un grupo de ciudadanos "anónimos" llevaban ante la Fiscalía Anticorrupción una operación sospechosa. Pero no eran ciudadanos, era el propio PSOE el que presentaba la denuncia al fiscal general que nombraba el PSOE. Yo me lo guiso, yo me lo como. La máquina se ponía en marcha.
En el surrealismo rampante de Tenerife no hace falta probar para culpar. Muchos ciudadanos piensan ya que, como mínimo, hay cosas oscuras y sucias tras el escándalo de Las Teresitas. De nada vale que se diga una y otra vez que lo que se hizo es impedir la construcción del frente de la playa. La verdad pesa más que la mentira y flota menos en la frivolidad de la calle. De nada vale que CajaCanarias sea hoy la institución financiera más importante de las Islas. Tal vez por eso mismo va a sufrir también un ataque a la línea de flotación. Operaciones financieras de créditos mucho más importantes que la que hoy se manejan como un taladro contra nuestra Caja, y han desfilado por los periódicos locales y nacionales sin que nadie se haga cruces.
Cuando hace ya meses avisaba que esto era mucho más que un ataque a un político de Tenerife, -a mí concretamente-, me acusaron de protegerme con el paraguas de la Isla. Desgraciadamente, tenía razón. La disentería verbal de López Aguilar ya había adelantado, en los cenáculos de Madrid, por dónde iban sus intenciones. Esto no sólo consiste en poner en su sitio a los de ATI. Esto no era sólo una operación bélica fiscal para allanar el camino político del PSOE en su aspiración para poner al ex ministro de Justicia en la presidencia del Gobierno de Canarias. Esta era la gran oportunidad de dar un vuelco a la distribución de poderes en las Islas y cambiar la inercia de tantos años de travesía por el desierto.
Al cabo de la calle sería iluso pensar que la operación ha fracasado. No se ha cumplido la frase que me gritó Santiago Pérez el pasado 14 de noviembre en el Parlamento: "Tú, al talego". Pero es indiscutible que la sociedad tinerfeña se ha emponzoñado, en el mejor de los casos, con la duda. Víctimas de las investigaciones, de las filtraciones, de los artículos, de las burlas, de las infamias, de los rumores, de las sospechas aventadas, uno detrás de otro vamos pasando por la cuchilla pública que con tanta maestría ha manejado el aparato de poder socialista. ¿Y qué? Es el riesgo de estar en política con quienes han usado y usan el aparato del Estado como una llave inglesa. Pero hoy, ahora, ya no se trata de un alcalde y unos políticos. Ya no se trata, incluso, por muy injusto y miserable que sea, de haber laminado la tranquilidad, la vida y la honorabilidad de unos funcionarios ejemplares. Por importante que sean las personas, no es esto lo que debe sacudirnos como Isla y como pueblo. Ahora, tinerfeños, ahora le toca a la Caja.
Si esta Isla no se une como una piña en torno a una institución que ha sido protagonista en el apoyo al pequeño y mediano empresario, que ha estado en cada rincón y cada pueblo de Tenerife, siempre al lado de los ciudadanos, si esta isla va a mirar para otro lado, con indolencia, con indiferencia, con desapego, mientras a CajaCanarias se la despedaza en las orillas de la playa de ese gran océano de albertos, kios, aves, botines, primas únicas, endesas, opas y caixas, donde tantos barcos han naufragado sin víctimas conocidas? Si lo vamos a permitir, insisto, en silencio, entonces es que en esta tierra surrealista hemos perdido el tino, la sangre y la cordura. Es que no hemos ido a un lugar extraño y será justo, por lo tanto, que si los hombres y mujeres de Tenerife no saben, no quieren o no pueden defender su patrimonio más importante, lo pierdan. Porque no se lo merecen. Porque no nos lo merecemos.
Alcalde de Santa Cruz de Tenerife y diputado
de Coalición Canaria
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