A ALGUNOS se les ve el plumero. Se les ve el plumero de aquí a Wyoming, en viaje de ida y vuelta, por los servicios que le prestan a un determinado partido político. Jamás una palabra contra la formación a la que defienden en su libelo digital. Jamás una crítica a un político que esté entre sus preferidos. En contrapartida, todo los descalificativos posibles para los que no son de su cuerda. La corrupción es patrimonio de quien es, y de nadie más. Y, por supuesto, desaparecerá cuando López Aguilar sea presidente del Gobierno de Canarias. Aunque ahora regrese a Madrid. No necesito recordar, aquí y ahora, qué partido nombró a un director general de la Guardia Civil que se mamó hasta los fondos del Colegio de Huérfanos de la Benemérita. ¡El mismo señor que debía velar para que nadie nos robara! Y quién nombró a un ministro del Interior que le regalaba joyas a las mujeres de sus colaboradores no con cargo a su bolsillo, algo que hubiese sido raro pero lícito, sino con fondos reservados procedentes del erario. Y quién organizó un grupo contraterrorista para liquidar a etarras y pro aberzales en Francia. En fin.
Ante todo lo anterior, por muy feo que estuviera en su momento, el ciudadano común y corriente ha tenido que encogerse de hombros. Qué remedio. Lo que alarma no es tanto el pasado sino el futuro que se vislumbra. No me refiero al futuro económico, que esa es otra, sino al encorsetamiento ideológico que nos aguarda. Cierto que la historia suele ser pendular. Ocurre hasta con la moda: de la falda larga a la minifalda, para luego volver a las ropas talares; y de los pantalones de campana a los entallados; y de las gafas grandes a las pequeñas, y luego otra vez a las descomunales. Por ahí, nada nuevo bajo el sol. Sí sorprende, en cambio, que sean precisamente los paladines del aperturismo los más dispuestos a quemar en la hoguera del descrédito a los discrepantes con los planteamientos políticamente correctos.
Digo esto porque a raíz del editorial publicado el miércoles por este periódico, que suscribo de la primera a la última línea, un gacetillero digital ha clamado para que intervenga el Instituto de la Mujer. Desde luego, hace tiempo que no le digo un piropo a una señora de buen ver que me encuentre por la calle, pero en los días actuales me lo pensaría dos veces. Y no me refiero a las florituras algo subidas de tono, dejémoslo sólo en eso, que escuchan algunas féminas cuando pasan delante de una obra. Un simple "adiós, guapa" podría crearle, tal y como están las cosas, serios problemas al atrevido.
Cierto que la mujer ha estado marginada, vejada ¿no sólo verbalmente? y hasta mal pagada en su puesto de trabajo. Situaciones no sólo injustas, sino odiosas. No hace mucho presencié las bromas soeces que le gastaba ¿se creía muy gracioso? el directivo de una empresa a una becaria. Sentí asco, pero no podía intervenir sin perjudicar el futuro de la afectada. La chica, por su parte, aguantaba con estoicismo para no incrementar el rol de los más de 140.000 parados que ya tienen estas Islas. Con eso hay que acabar. Pero no estigmatizando sin cuartel a todo el que no se declare feminista u homosexual. Opciones tan legítimas como ser hombre y declararlo. Lo cual no equivale a ser machista o maltratador de mujeres. Seamos serios.
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