ESTOY CONVENCIDO de que actualmente no estamos haciendo los deberes como deben hacerse, sobre todo en la educación de nuestros pequeños. Nos saltamos algunas enseñanzas intermedias, como cuando pasamos página de bicicleta a avión, sin hacer ver que el niño o la niña se fijen en la escala intermedia, que es, por ejemplo, el caballo. Por eso, el poeta Ramón de Campoamor advertía a una pequeña nieta: "Inés, tú no comprendes todavía / el ser de muchas cosas. / ¿Cómo quieres tener en tu alquería, / si matas los gusanos, mariposas?".
Las cosas tienen que marchar a su tiempo, y así vimos cómo en las últimas Navidades, al ordenar a los discípulos que pintaran cómo eran los conejos que el Gobierno recomendaba comprar para que la cuenta no fuera tan gravosa, los pequeños pintaban a los animales en sus cajas, como venían presentados en las grandes superficies. No habían visto un conejo, como si dijéramos, caminando y en su propio elemento.
Los niños viven un mundo de ficción, un mundo cuyas imágenes no siempre se ajustan a la realidad, a lo que entra por los sentidos, sino que es fabricado en unos inmensos talleres donde se fabrican esos vacíos que se producen en la imaginación y que deben ser suplidos rápidamente.
Siempre recordaremos aquellos ejércitos de soldaditos de plomo de que disponíamos los pequeños en nuestra juventud, con los que ganábamos o perdíamos batallas, en las que quedábamos como unos grandes generales, pero solamente generales de soldaditos de plomo. En resumen, nada.
Tenemos que estar en la realidad, no en la realidad que otros nos inventan, para completar nuestras deficiencias.
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