UN JOVEN e impetuoso Bill Clinton desarboló dialécticamente a su contrincante político, George Bush padre, con la famosa frase "¡es la economía, idiota!", en un debate electoral televisado en abril de 1992. Bush venía de darse un paseo militar por el golfo Pérsico en la 1ª guerra contra el Irak de Sadam Hussein cuando éste, en un exceso de confianza, decidió que Kuwait era suyo. Colin Powell prefirió no llegar hasta Bagdad y mantener al sátrapa mesopotámico en el poder. Porque, como gustaba decir a Henry Kissinger, "es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta". Más tarde cambió el cuento. Bush, que optaba a la reelección, perdió aquellas elecciones porque se le pasó por alto un pequeño detalle: las familias norteamericanas tenían dificultad para llegar a fin de mes.
Efectivamente, en un proceso electoral la percepción que tengan los ciudadanos de cómo vayan las cosas del comer es fundamental para decidir el voto: que haya más o menos paro, más o menos inflación, en definitiva, de las dificultades o facilidades para llegar a fin de mes. En este sentido, Zapatero se equivocó al no adelantar las elecciones generales; aunque todavía puede tener baraka, los efectos más graves de la crisis se dejarán sentir en la segunda mitad de 2008.
Hoy en día, el factor clave que determina el bienestar económico y social de un país es la productividad. La productividad de los trabajadores, es decir, el aporte de valor por cada hora trabajada es lo que permite que las empresas vendan bienes o presten servicios buenos, bonitos y baratos. En definitiva, es lo que permite a las empresas ser competitivas, sobrevivir y crecer en el mercado. Si un trabajador nórdico se expresa correctamente en cuatro idiomas y maneja el ordenador con los dedos del pie izquierdo, mientras con el derecho prepara un salmón marinado, pues siempre será más productivo que un trabajador que no posea tales conocimientos o habilidades. Los españoles, por ejemplo.
En el siglo XXI, para el desarrollo económico de un país ya no tiene importancia que se posean o no materias primas. Cualquiera puede comprar las materias primas que necesite en el mercado internacional. Siempre que se tenga dinero para pagarlas, claro. Cuba, por ejemplo, no tiene y necesita mendigar petróleo a Venezuela. Creo que Fidel Castro, el jefe de Estado más inteligente de los últimos 50 años, en el fondo piensa que Hugo Chávez es un mentecato, pero como necesita su oro negro tiene que reírle las gracias al zote de Maracaibo.
Tampoco importa ya el tamaño del mercado: hoy en día el mercado es global. Es decir, abarca todo el planeta Tierra y parte del espacio sideral. No es broma: después de la última modificación de la ley del impuesto sobre sociedades de Estados Unidos, la administración tributaria norteamericana se declara competente para cobrar impuestos en el espacio, es decir, por rentas generadas en el espacio. Ustedes pensarán que en el espacio no hay empresas; no, pero las habrá. Y Estados Unidos siempre va un paso por delante en materia tributaria. En definitiva, las empresas han de estar preparadas para competir con sus homólogas de cualquier país del mundo.
Por tanto, el factor clave es la productividad, y en esa materia España no ha hecho los deberes. En el último informe sobre competitividad elaborado por el World Economic Forum, España ocupa un lamentable vigésimo noveno puesto, impropio para la octava potencia económica mundial, y superada por países como Malasia, Estonia, Chile o Tailandia. Los primeros puestos están copados por los países nórdicos y Estados Unidos. El informe elabora un índice en función de diferentes parámetros estudiados: instituciones, infraestructuras, educación, tecnología, innovación, etc. El apartado en el que peor puntuación obtiene España es el de instituciones, que abarcan la Administración pública en sentido amplio, y estudia aspectos tales como: transparencia gubernamental, independencia judicial, prevaricación en la Administración, eficiencia del marco legal y comportamiento ético, entre otros. En este apartado España queda por detrás de países como Jordania, Túnez, India y, pásmense, ¡Botswana!, que no sé ni dónde queda pero, como decía Umbral , no voy a levantarme ahora a mirarlo.
Efectivamente, si una pequeña Administración decide sacar un concurso para el suministro y mantenimiento de equipamiento informático por 60.000 miserables euros y el concurso se lo dan al amigo de turno en vez de a la mejor oferta técnico-económica, pues le hacen un flaco favor a la productividad. El problema de este tipo de comportamientos no es que sea delito (probablemente se habrá cumplido con los plazos, la publicidad y demás), tampoco entro a estas alturas en si es cuestionable moral o éticamente, que lo es. El problema de este tipo de prácticas es que tienden a mantener en el mercado a los petardos y a expulsar del mercado a los buenos profesionales, perjudicando la productividad global del país, es decir, su bienestar económico y social.
Todos conocemos casos de estos y peores en Canarias, donde tenemos una Administración pública desmoralizada y horadada por el amiguismo, el enchufismo y, como diría Andrés Chaves, la mamandurria.
El otro gran pilar que influye directamente en la productividad del país es la educación. En este aspecto me remito a los recientes informes publicados sobre el sistema educativo español que no nos dejan en buen lugar. Y es que un sistema educativo cada vez más laxo, que prima la holganza sobre el esfuerzo que requiere todo aprendizaje y que se reforma cada legislatura no es el mejor instrumento para incrementar la productividad.
Pero, en fin, qué vamos a esperar de un país cuyo héroe nacional es Don Quijote de la Mancha, que sigue siendo la mejor novela que he leído en mi vida, pero, claro, es un personaje que trasladado al siglo XXI sería un rentista, dilapidador de la fortuna heredada de su padre o abuelo, que no ha trabajado nunca, y que se pasaría la vida delante del televisor viendo "Aquí hay tomate" y "Salsa rosa", confundiendo realidad con ficción, y cuya máxima aspiración en la vida sería liarse con Ana Obregón.
Así no hay manera?
* Economista de la ZEC
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