1.- Joselito , aquel enano de contraltos que hacía películas cuando yo era niño, se encuentra en una isla de Honduras haciendo el toti con otros doce más. El caso es que yo pensé que el niño cantor la había diñado ya, no sé por qué, y cuando lo vi en la tele, paseando por la arena con unas botas, me llevé un susto de muerte. Pensé que era un revival, no un programa actual. Así que recordé su carita de Pablito Calvo -que yo creo que se fue al otro barrio, ese sí- de mi infancia, cuando cantaba aquello de "Corre, corre, caballito/corre por la carretera", una cosa horrenda que tarareábamos los pibes de mi generación. La nuestra fue una hornada de niños de cuento de Sánchez Silva y de mendrugos de pan, de queso de la ayuda americana y de leche en polvo. Qué le vamos a hacer.
2.- Ahora, la reaparición de Joselito, el pequeño ruiseñor, en una playa de Honduras, jugando a Robinson Crusoe, nos traslada a la España negra de las películas de los niños prodigio: todos ellos cantaban y todos ellos tuvieron, después de la inocencia fingida de las películas, una juventud y madurez turbulentas. No falla: la inocencia se pierde cuando más se ejerce de manera ficticia. Es ley de vida. La imagen del ex cantor es ahora patética, porque se le ha enronquecido la voz, le han crecido las tetas y se pone el pantalón tan arriba que parece un traje de noche. Joselito encarna el patetismo de aquel cine, de aquella mentalidad, de aquella pobreza intelectual y de aquel lacrimoso vivir.
3.- Una isla desierta y trece cachorros y veteranos de la fama más o menos efímera -en el caso de Joselito parece que no lo es tanto, porque su carrera tuvo notoriedad hace cincuenta años-, arrastrando sus miserias, y sus botas, por entre una plaga de mosquitos y de cocoteros más o menos fértiles. Tetudas hermosas que alegran la vista y hombrecillos con ganas de tocar la fama vana con los dedos. Allí están, para quienes los quieran ver. Les aseguro que la cosa es bastante entretenida y yo me voy a pegar al televisor para ver cómo se destrozan.
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