CUANDO el lector tenga a bien pasar sus ojos por estas cotidianas líneas, quien las escribe se encontrará sumergido en los muy agradables y sabrosos remolinos de un evento anual de enjundia planetaria: Madrid Fusión, la llamada cumbre internacional de la gastronomía que ya va por su sexta edición y aumentando exponencialmente su prestigio. Seguramente les contaré alguna que otra anécdota o detalle, aunque quien les informará en este diario adecuada y puntualmente, como hace siempre, será mi compañero y amigo Fran Belín en su estupenda página diaria.
En esta oportunidad, Madrid Fusión se abre bajo el lema Internet, nuevas tecnologías y gastronomía, que da mucho de sí y que, seguro, nos deparará nuevas y hasta asombrosas sorpresas. En una de las ediciones descubrí, por ejemplo, que el mejor chicharrón que depara la naturaleza a nuestras sartenes es la oreja de conejo, y, en otra posterior, hubo quien degustó una fotocopia de chuletón que sabía estupendamente (y a chuletón, por supuesto). Uno de los alicientes de Madrid Fusión este año será la presencia de los más afamados telecocineros del mundo, entre ellos los muy grandes y simpáticos comunicadores Carlos Arguiñano y el joven británico Jaime Oliver. Lo de los cocineros de la tele es un fenómeno relativamente novedoso y que va a más. En realidad el mundo de la cocina atrae especialmente a espectadores, radioescuchas y lectores. Proliferan los programas culinarios (aunque no tanto los gastronómicos) y no hay emisora de radio o de televisión que no tengan sus mediáticas estrellas de los pucheros, los hornos y no ya de los fogones, sino de las vitrocerámicas, oigan.
Son muchos los observadores y comentaristas que insisten en lo paradójico de esta eclosión. Se ponen de moda los telecocineros, con sus recetas, fórmulas y trucos, y surgen miles y miles de libros y revistas sobre lo mismo en una época en la que casi nadie cocina en su casa, porque no hay tiempo para ello, y en los tiempos del triunfo del microondas y de los alimentos preparados o precocinados. Es un misterio sociológico cuya respuesta, confieso a los lectores, no se encuentra a mi alcance.
Por otra parte, cuando alguien no muy ducho en la materia quiere cocinar, aunque sea por una apuesta o para festejar una ocasión especial, de lo que echa mano es de la letra impresa, porque nadie (salvo excepciones, supongo) tiene una tele en la cocina ni capacidad y destreza para seguir los pasos que va explicando el telecocinero de turno en la pantalla. Lo que ocurre es que esas estrellas televisivas del delantal blanco, el cuchillo y el cucharón, suelen volcar sus conocimientos en libros-recetarios que, gracias a la popularidad mediática de los autores, tienen el éxito de ventas asegurado. Aunque, luego, nadie lleve a la práctica ninguna de las recetas propuestas. La vida es muy rara.
© Editorial Leoncio Rodríguez, S.A. |Aviso legal | Mapa del sitio | Publicación digital controlada por OJD