Allá en mis años de infancia y juventud, la gente solía ir a veranear a La Laguna en aquellas largas vacaciones de tres meses, si bien algunos iban a Tacoronte, como don Coriolano Guimerá o don Raimundo Rieu, mientras otros osados se atrevían a llegar hasta El Médano, como don César Casariego, donde se llegaba después de un azaroso y prolongado viaje de horas a lo largo de una intrincada carretera que provocaba inexorablemente el mareo de más de uno. Entonces, sólo soportaban tal aventura los trabajadores que venían hasta Santa Cruz y volvían a sus pueblos del Sur en aquellos coches piratas que solían salir atestados de viajeros, todos con sombrero, desde la plaza de Weyler, en una clandestinidad supongo que consentida. Tiempos de infancia y juventud anteriores a lo que se llamó entonces Movimiento Nacional y ahora Guerra Civil, más justo aquél, que duró casi 40 años y la conflagración sólo tres, nada menos que tres terribles y azarosos años.
Mi primera aventura lagunera se remonta a cuando yo tendría 6 ó 7 años, y fue una corta estancia de unos días con mi tío Juan Vicente Mandillo en una casa que creo recordar estaba en una paralela a la calle Herradores, posiblemente la de Manuel de Osuna, según veo ahora en un plano, casa terrera con verodes en el tejado, los primeros que vi en mi vida. De aquella corta visita sólo recuerdo que mi tío empezó a llamarme "chacarona", ignoro por qué, aunque lo relaciono con el calzado. Con mi tío Juan Vicente, que vivía en la casa pegada a la nuestra en la calle Lucas Fernández Navarro, ahora General Sanjurjo, tuve siempre mucho contacto y también recuerdo que fue con él con quien hice mi primer viaje en barco, esta vez a Las Palmas; también en mi primera infancia, con motivo de una operación que le hacía a mi tía Emelina el famoso doctor Ponce, y fue asimismo la primera vez que fui a un hotel. ¡Grandes aventuras con mi tío Juan Vicente!
Mi segundo recuerdo de mis veraneos en La Laguna debió ser por los años 29 ó 30, antes de mi ingreso en el bachillerato, en que veraneamos en una casa que estaba al comienzo de la calle que desde la plaza de la Concepción seguía hacia Tacoronte, como si fuese prolongación de la calle Herradores. Estaba yo convaleciente de una enfermedad que me hizo retrasar un año el ingreso en el bachillerato, y recuerdo estar asomado una tarde/noche al balcón y ver cómo volvían por esa carretera que iba a Tacoronte una línea, que aún se me antoja interminable, de coches, con las luces de los faros encendidas, y que creo estaba relacionada con la visita a la isla de alguna personalidad política importante de la Península, que asocio a la dictadura de Primo de Rivera, la luego famosa "Dictablanda".
Los recuerdos son mas vivos a partir de los años 30, ya en plena República. Mi ingreso en el bachillerato tuvo lugar en el verano del año 32, año en el que veraneamos en una casa al final casi del camino San Diego, aunque en lo que a mí me parecía el verdadero final estaba en una gran casa en la que veraneaba mi tío Guillermo Cabrera y mi tía Bernarda, de cuya casa no me acuerdo mucho, excepto que estaba en una esquina del cruce con otra y en la trasera de la casa me parece estar viendo a una pareja de enamorados, él de pie, en una silla en la calle, con uniforme militar, y ella, asomada a una ventana. El militar, más bien diría yo soldado, era el luego doctor don Francisco Trujillo y la novia, su futura esposa, Clara Ramírez, hermana de mi tía Bernarda y que pasaba allí el verano. Este verano fue importante para mí, al menos por dos causas: la primera, porque me operó de amígdalas en Santa Cruz el doctor Vidal en su consulta de la calle del Castillo arriba, entre Juan Padrón y Suárez Guerra; ignoro en qué forma se hacen ahora, si es que se hacen, estas operaciones, pero entonces se quedaba uno unos días sin casi poder comer, a base fundamentalmente de líquidos fríos como natillas y hasta helados, que uno se desesperaba, porque era casi imposible tragarlos, de lo que se aprovechaban mis hermanas, que daban pronta cuenta de aquellos entonces deliciosos manjares. El otro acontecimiento ya mencionado fue el ingreso en el bachillerato, que hice en el instituto de La Laguna de la calle San Agustín; hoy en día, los padres acompañan a los hijos a cualquier acto en que éstos intervengan, desde un partido de fútbol del colegio a exámenes de lo que sea, pero entonces me acuerdo que mi padre me dejó en el instituto porque él seguía a su trabajo en Santa Cruz, y allí estuve hasta que me llamaron, me examinaron y me volví a casa andando yo solito; todo un hombre, camino de San Diego arriba. De lo que me acuerdo bien es de que en el tribunal estaba el catedrático don Faustino Egea, que nos llamaba la atención porque llevaba corbatita pitiguay, de esas de lazo que sólo nos solemos poner con el smoking, y que entonces eran una novedad. Otro recuerdo de aquel año fue que al lado de la finca de la casa en que vivíamos, en aquellos momentos sin nada plantado, había una cerca de alambre de espino y del otro lado unas vacas, las primeras que veía de cerca, y también pude observar aquello que luego he visto es frase muy común como fue ver cómo la vaca se "sacudía las moscas con el rabo".
En años posteriores habitamos una vez en el callejón de Briones, en aquella época calle corta y solitaria, muy bien adoquinada y más bien sombría, en una casa con un gran patio central con árboles y plantas. Nosotros ocupamos el bajo de la casa y en el piso de arriba vivía el poeta Juan Manuel Guimerá, al que veíamos alguna vez asomado a una ventana y con quien frecuentemente hablaba mi padre. Obviamente, sólo al cabo de los años me enteré que nuestro vecino era el famoso poeta tinerfeño. En la acera de enfrente, y en la esquina con Juan de Vera, vivía la numerosa familia Ribot.
Ya cuando el Movimiento, veraneamos un año en la calle del Remojo, en una casa que he comprobado que ya no existe, al menos tal como la recuerdo yo, de dos pisos, con también un gran patio central, pero sin plantas ni árboles, de cemento, con todas las puertas de las habitaciones que daban al mismo. La parte trasera de la casa daba a un gran jardín o huerta, donde a veces venía a jugar con mis hermanas mi prima Maruja Cabrera acompañada de una institución en aquella casa como era su niñera Laudelina, y que aquel año al menos veraneaban en la calle Cabrera Pinto, en una casa terrera en la acera de los pares que me parece estar viendo. En lo alto de nuestra casa vivía nada menos que el pintor Torres Edwards, que de vez en cuando presenciaba desde una ventana nuestros juegos en la huerta, que por cierto lindaba con unas fincas de frutales. En la casa de enfrente, más o menos, vivía doña Sixta Tugores, abuela de quien con el tiempo fue mi mujer, en una gran casona con un espléndido huerto con frutales, que me parece se ha comido la urbanización, debidamente autorizado por el Ayuntamiento; ellos sabrán por qué.
Al año siguiente veraneamos en la calle Nava y Grimón, en los bajos de la casa en que vivía don Manuel Feria, de la familia propietaria de la fábrica de chocolates Nivaria que hacía aquellas famosas jícaras con las que merendábamos todos los muchachos y muchachas de entonces. Su hija Aurorita era como de mi edad, muy guapa por cierto, y recuerdo que a su hermano mayor lo había cogido la guerra en la Península, donde estudiaba. También aquella casa tenía un amplio huerto con grandes frutales. Por esas vueltas que da la vida y sobre todo por los casi 70 años transcurridos, una hija casada de su hermana Carmen vive actualmente en Murcia, adonde suelo ir alguna vez por motivos profesionales relacionados con la Refinería de Escombreras, y un técnico con el que me relaciono resulta ser gran amigo de la pareja tinerfeña, a la que me he propuesto conocer, pero que hasta ahora no ha pasado de eso, de un propósito.
Mis veraneos laguneros terminaron en el año 39, en que me vine a estudiar a la Península. Ese verano lo pasamos en una casa terrera que me parece estaba al final de la calle Cabrera Pinto, acera de los impares, ya casi en Nava y Grimón. Había ya terminado la Guerra y comenzaba la vuelta de familiares a los que les había tocado estar en la llamada entonces "zona roja" y ahora "zona republicana", y democrática, claro. Me acuerdo de haber tenido la visita de mi tío Juan Cabrera, que no había estado realmente en zona roja, sino casi todo el tiempo en Zaragoza, donde estaba casado y de cuya universidad era catedrático de Electricidad y Magnetismo, como su hermano Blas en la universidad Central de Madrid, pero donde pasó largos meses en la cárcel. Como recuerdo de aquellos días así pasados, encarcelado y con riesgo de su vida, mi tío nos dejó en la casa de La Laguna una cajita que había hecho con migas de pan.
Mucho queda por contar de aquellos tiempos, y si el director lo estima oportuno y conveniente, volveré a ellos en alguna otra ocasión.
Nuestra ciudad, Patrimonio de la Humanidad, encierra tantos recuerdos y todos tan agradables que con gusto vuelve uno sobre ellos a la menor ocasión.
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