NO SÉ si supone incurrir en un ejercicio de suprema ingenuidad preguntar, tan sólo preguntar, si los presuntos terroristas islámicos detenidos ayer en Barcelona le guardan algún rencor al actual Gobierno español. En caso contrario, sería un sarcasmo. Sería un sarcasmo fundamentalmente porque ya no tenemos tropas en Irak -la causa, según la progresía socialista, de todos los males presentes que afectan a este país-, aunque también porque acabamos de celebrar un foro promotor de esa memez llamada Alianza de Civilizaciones. Tengo algunos amigos marroquíes, mahometanos pero no fundamentalistas, que se desternillan cuando hablamos de este tema. "Pobre España", me dicen. Y si los musulmanes moderados se lo toman a coña, qué pensarán del invento los radicales.
Ciertamente me gustaría saberlo, pero entre esa gente -confieso mi carencia profesional en ese aspecto- todavía no tengo amigos; ni siquiera contactos. Caben, empero, algunas suposiciones: deben estar frotándose las manos. Deben estar saltando de alegría porque, ciertamente, no hay muchos países en el mundo, ni muchas situaciones en la historia del mundo, donde la masacre de casi doscientos ciudadanos, lejos de ser contestada con dureza, incite a poner en marcha un movimiento de hermandad también con los agresores. Y subrayo el adverbio "también" para que luego no venga el cretino de turno a criticarme por llamar terroristas a los países árabes. Nada de eso. Reconducido Gadafi al occidentalismo -por la cuenta que le trae, claro-, quedan pocos países en el mundo que alberguen oficialmente a terroristas de cualquier índole. Y los que todavía lo hacen no son precisamente árabes. De hecho, naciones como Marruecos y Argelia padecen en primera persona el radicalismo religioso. Por lo tanto, lejos de fomentar estos movimientos, son las más interesadas en erradicarlos.
El asunto de la bobería española al respecto posee otras derivas y otros intereses. En esencia porque aquí vale todo cuando se quiere derribar a un gobierno, o hacerse con el control de un partido. El penoso espectáculo de Rajoy, Gallardón y Aguirre, con la lumbrera de Acebes como testigo, muestra claramente que ganar las elecciones es un objetivo secundario para los líderes del PP; lo primero es controlar la casa propia y, de esa forma, conservar sueldo y canonjías. De la misma manera, el 14 de marzo de hace cuatro años mucha gente desencantada con los unos y con los otros, que habitualmente ya no iba a votar, acudió en tropel a los colegios electorales no para que ganara el PSOE, sino para que no gobernase el PP. Durante 40 años de franquismo y casi 30 de transición, nos habíamos acostumbrado a no tener problemas con nadie. Pero era porque no le interesábamos a nadie. El hecho de convertirnos en objetivo del terrorismo islamista, y de qué forma, conmocionó al personal.
Concurre, sin embargo, la nada trivial casualidad de que no basta con rehuir los conflictos para no tenerlos; también hace falta que nadie quiera meterse con nosotros. Una circunstancia, eso es evidente, que no se está produciendo. Tal vez por eso, aunque no sólo por eso, haría bien el Gobierno central con decir la verdad de una vez. Con explicar a los españoles que la presencia de tropas en Irak fue el pretexto para los atentados de Madrid, pero no la causa. Aunque ese ejercicio de sinceridad se me antoja imposible: Rubalcaba, Pepiño Blanco y alguno más deberían confesar lo inconfesable. Es decir, lo que hicieron un sábado 13 de marzo.
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