EN NUESTRO ENTORNO conocemos a los que casi siempre pierden, a los desheredados, a los marginados, a los olvidados, a los que no tienen ni pan ni lumbre.
También conocemos a los que normalmente ganan. A veces legítimamente, por sus condiciones y cualidades. Otras, y esos son los despreciables, ganan con procedimientos reprobables a base de mentiras, cuando no de calumnias, para ocupar puestos que otros han logrado legítimamente en el tiempo, con trabajo e inteligencia.
Viene todo esto a cuento, porque leyendo un ensayo de Paul Kennedy sobre los grandes desafíos del siglo XXI, medité con él cómo nunca la humanidad se había desarrollado tan aprisa como en esta era de comunicación total, que comprende todos los medios, y que te dan a conocer la noticia en el mismo momento en que está ocurriendo; de la biogenética industrial y agrícola, de la revolución informática; de aparición, según parece, de un gen que logra el adelgazamiento y alarga la juventud; en fin del imparable progreso de la ciencia donde los avances se producen a una velocidad vertiginosa.
Pero cuando contemplamos esas apuntadas realidades, caemos en la cuenta, como se ha dicho, y con razón, que tampoco ha existido otra época como ésta, donde aparece en el horizonte el peligro de que tantos avances, tanto desarrollo, no se reparta con equidad, y se haga más profunda la separación entre las naciones y entre los hombres, con los riesgos que ello comporta.
He observado personalmente en muchos países de América Latina esas impresionantes desigualdades, donde frente a los que tenían todo, estaban los que nada tenían. Si pasamos la mirada por realidades cercanas a nosotros, también lo podremos advertir.
Y nada digamos de las naciones donde ello es más clamoroso, y donde no hace falta dar nombres porque están en la mente de todos y llenan las primeras páginas de cualquier periódico.
A mi parecer -ojalá me equivoque-, en este dualismo de las realidades actuales tiene que existir -y se reclama- una sensibilidad capaz de paliar esas profundas desigualdades a fin de evitar males de gran alcance que todos íbamos a lamentar.
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