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LA SEMANA RAMÓN PI

Cal y arena

20/ene/08 18:36
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EL PARTIDO POPULAR ha sido el protagonista de esta semana preelectoral. Dos noticias han acaparado la atención pública, y, como en los chistes, una ha sido buena y la otra mala. La buena fue la incorporación de Manuel Pizarro al PP y el anuncio de su inclusión en la lista de Madrid como número dos, inmediatamente detrás de Mariano Rajoy. Eso ocurrió el lunes. La mala saltó el martes: tras una muy tensa reunión entre Rajoy, Ángel Acebes, Alberto Ruiz-Gallardón y Esperanza Aguirre, el presidente del PP había decidido que ninguno de los dos últimos citados sería candidato a diputado. Una de cal y otra de arena.

La ambición

El ruido mediático que se ha montado a cuenta de estas dos noticias ha sido considerable, lo que me ahorra el tener que poner al lector en antecedentes de ambos casos. En cuanto a la decisión de no incorporar a las listas a Ruiz-Gallardón, era el final de una pugna ya larga entre éste y Esperanza Aguirre, competidores naturales aun siendo correligionarios, por sus respectivos cargos de alcalde de Madrid y presidenta de la Comunidad Autónoma madrileña. Ruiz-Gallardón proclamó su deseo vehemente de ir en la lista de Madrid "para ayudar a Mariano Rajoy a ser presidente del Gobierno". Desde el primer momento, todos sin excepción interpretaron que la verdadera razón de este deseo no era la proclamada, sino ponerse en mejores condiciones para luchar por la Presidencia del Partido Popular en caso de que Rajoy perdiese las elecciones y, tras la inevitable crisis interna, dimitiera de su cargo; tras aquella fallida experiencia de mediados de los 80 con Antonio Hernández Mancha, se da por sentado que cualquiera que aspire a presidir el PP (y ser, por consiguiente, candidato a la presidencia del Gobierno) debe formar parte del Congreso de los Diputados.

Para Ruiz-Gallardón, la emergencia de Esperanza Aguirre como figura carismática, ganadora, prestigiosa y querida en el seno del Partido Popular era un riesgo para sus aspiraciones, de modo que si él lograba el acta de diputado -compatible con la alcaldía de Madrid- se ponía en clara ventaja sobre su competidora, cuyo cargo en la Comunidad Autónoma sí es incompatible con la condición de diputado. Además, esta jugada significaría también un desquite de la derrota que Aguirre infligió a Ruiz-Gallardón en su pugna por alcanzar la presidencia del partido en Madrid.

Rajoy, ante el ofrecimiento de Ruiz-Gallardón, no desveló su decisión, porque se dio cuenta de que, en efecto, se trataba de un ofrecimiento envenenado, no tanto por el enfrentamiento entre Aguirre y Ruiz-Gallardón como por el mensaje devastador que éste transmitía a la opinión pública sobre la probabilidad de que Rajoy perdiese las elecciones generales de marzo, y que por eso necesitaba el refuerzo de la presencia del alcalde en la lista de Madrid.

Hay acuerdo general en considerar que Rajoy se equivocó al no zanjar el asunto inmediatamente, y al pensar que el tiempo arreglaría la cuestión en vez de pudrirla, como así ha sucedido en realidad. El caso es que el silencio de Rajoy dio a Aguirre un margen para diseñar una estrategia de neutralización de la ventaja de su competidor, estrategia que puso en práctica al borde del ríen ne va plus antes de la presentación oficial de las listas a la Junta Electoral: hizo saber a Rajoy que ella, como presidenta del partido en Madrid, se incluiría en la lista. Eso llevaba implícito el corolario de que estaba dispuesta a dimitir como presidenta de la Comunidad, lo que convertía la situación en insostenible.

Rajoy, finalmente, hizo lo que ya no tenía más remedio que hacer: ni el uno, ni la otra. El resultado, a efectos internos del PP, ha sido otra victoria de Aguirre sobre Ruiz-Gallardón; pero a efectos de la opinión pública, ha sido dar una baza al PSOE para difundir la imagen de un Partido Popular dividido y de un Rajoy indeciso y claudicante ante Esperanza Aguirre (y el sector de la caverna, la derecha extrema, etcétera, etcétera).

El fichaje

Respecto del flamante número dos de la candidatura popular al Congreso, baste recordar que Manuel Pizarro alcanzó notoriedad nacional con ocasión de su resistencia numantina como presidente de Endesa a la OPA de Gas Natural, auspiciada por el Gobierno de Rodríguez Zapatero y vendida a los nacionalistas catalanes como parte de la negociación sobre los contenidos del nuevo Estatuto de autonomía de Cataluña, entonces en proyecto. Una resistencia que terminó con el fracaso de Gas Natural, y la duplicación del valor de las acciones de Endesa en la OPA posterior efectuada por un consorcio de empresas de España, Alemania e Italia.

Pero la biografía de Pizarro es más larga e interesante a efectos electorales: este hombre ha sido vicepresidente de la Bolsa de Madrid, presidente de Ibercaja y presidente de la Confederación Española de Cajas de Ahorros (CECA), además de haber ganado las oposiciones de agente de Cambio y Bolsa y abogado del Estado. Pizarro es, además, hombre de enorme atractivo personal, con fama de cumplir su palabra, no mentir jamás, defender sus convicciones y tener muy en cuenta a las personas que han dependido de una u otra forma de su actividad. Su fichaje para acompañar a Rajoy como preconizado vicepresidente económico del Gobierno si el PP ganase las elecciones ha sido lo que suele llamarse un gran gol por la escuadra de la portería del PSOE.

La lástima, que deploran los militantes del PP, es que el efecto euforizante del anuncio de su inclusión en las listas (y en el partido, pues Pizarro firmó su ingreso al día siguiente como afiliado) se ha visto empañado por la bronca interna a cuenta de la pugna Ruiz-Gallardón-Aguirre y la explotación mediática que ha hecho el PSOE del caso en beneficio propio. Pero eso es ahora. Queda mucho tiempo para nuevas sorpresas de aquí al 9 de marzo.

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