La Laguna ha honrado a Felipe Hernández con la Medalla de Oro de la Ciudad. Distinción merecida. Felipe es un hombre muy modesto y muy bueno. Sólo por su modestia y su bondad merece ser reconocido. Modestia y bondad bastan, lo demás viene por añadidura. Pero Felipe Hernández también debe ser reconocido por ser parte significada del escaso residuo existente de los practicantes en Medicina y Cirugía. Una profesión que hoy tiene otra formación, distinta titulación y diferente práctica. Reconocer a Felipe Hernández es reconocer a un hombre ejemplar, es aceptar que cada época tiene sus propias circunstancias, y que en cada época, con sus limitaciones y sus posibilidades, hay hombres y mujeres de grandes valores que hacen de sus vidas verdaderas obras de arte. Homenajear a alguien que aún vive, premiarlo por su intensa vida pasada es reconocer que no todos los hombres fueron ignorantes antes de los sabios actuales.
La figura del practicante en la Medicina de ayer fue muy importante. No se entiende la historia de la Medicina sin el practicante. La mayoría de los que ejercieron en Tenerife se examinaron en la Facultad de Medicina de Cádiz. Por los años cincuenta ya se examinaban en Tenerife. Todos los años venía un tribunal de la Universidad de Sevilla o de la Facultad de Cádiz. Los estudios necesitaban dos años y con más práctica que teoría. Muchos tenían vocación de médico que no llegaron a completar por cuestiones económicas. Otros sólo aspiraron a ser practicantes. En la anterior asistencia médica, que estaba centrada en los despachos particulares y en las visitas a domicilio, la figura del practicante era necesaria e imprescindible. También era imprescindible y necesaria en los hospitales de beneficencia y en las Casas de Socorro.
No había grandes hospitales, ni servicios de urgencias, ni siquiera el seguro de enfermedad. Los médicos eran escasos y los practicantes tenían que suplirlos en muchas situaciones. Trataban algunas dolencias, se encargaban de la pequeña cirugía y, sobre todo, orientaban y aconsejaba a los enfermos. En La Laguna, Victoriano Ríos y José Abrante, más tarde Piñol (el despacho lo tenía en la calle de La Carrera, frente al viejo Casino), aunque eran practicantes, tenían suficientes conocimientos de Medicina para hacer buenos diagnósticos y aconsejar el tratamiento adecuado. Y tenían más habilidad para abrir un absceso o colocar un yeso que la mayoría de los médicos. La habilidad de los practicantes se medía por la disminución de molestias que provocaban. Éste pincha bien, ni se nota. Muchos, intentando aliviar, por eso de que un dolor alivia otro dolor, daban un golpe con el borde de la mano en la región glútea antes de hincar la dolorosa aguja. Aquél quita los esparadrapos con tal rapidez que no se nota el dolor del arrancado de los pelos. El mejor para los sondajes, el que produce menos escozor en las irrigaciones uretrales o el mejor para las sangrías.
En las orillas de la memoria está don Domingo Gutiérrez Bello, que tuvo su consultorio en las proximidades de la iglesia de Santo Domingo y se valía de una bicicleta para cubrir su amplio recorrido diario por los casas de sus enfermos. En un equilibrio inverosímil, manejaba con una mano el volante y en la otra llevaba un libro. Leía al mismo tiempo que con las piernas pedaleaba. Con los ojos miraba al mismo tiempo el camino y el libro. Todo un ejemplo de separación psicomotora conseguida y de máxima utilización del tiempo. Su radio de acción asistencial, que no ciclista, se extendía hasta Las Mercedes, Las Montañas, Guamasa y La Esperanza. A mitad del siglo pasado, perdió la vista. Fue ayudado por la implantación del "cupón de la once, de los ciegos".
Felipe Hernández, Francisco Peraza, Enrique Álvarez Fortes (hijo del célebre Angelito, el zapatero) y Francisco Morales se superpusieron y reemplazaron a Victoriano Ríos, José Hernández Abrante, Túbal Morales y Agustín Padilla. Con la llegada de la penicilina y su primera administración cada cuatro horas, los practicantes vivían sin vivir y dormían sin dormir. Eran varias las casas a las que acudían en riguroso horario establecido por el médico para cumplir con precisión matemática la inyección del primer antibiótico con gran eficacia.
Más tarde, cuando los infartos de miocardio se trataban a domicilio porque las circunstancias obligaban a ello, y la heparina comenzó a utilizarse también cada cuatro horas, entonces Felipe destacó por su dedicación y puntualidad. Había que poner los goteos intravenosos y se necesitaba mucha habilidad para que las antiguas agujas se mantuvieran en el antebrazo y soportaran días y más días sin salirse de la vena. Muchas noches, con el enfermo a punto de fallecer, Felipe permanecía junto a la cama del infartado, esperando que la presión o el pulso se mejorara. Muchos son los que le deben la vida. Y todo aquel trabajo por un dinero insuficiente para vivir, que tenía que complementar con la Casa de Socorro, practicante de empresa y del hospital de Dolores. Su modesto consultorio -en él todo fue modesto- en la calle de La Carrera fue el punto de referencia de los laguneros enfermos. Allí siempre encontraron a un hombre amable, comprensible y generoso.
A Felipe lo recuerdan y recordaran los laguneros por su delgada, huesuda y alta figura, su caminar parsimonioso, su hablar bajo y sereno, por la amabilidad de sus gestos, por la discreción de sus juicios y por su infatigable capacidad de trabajo. Y su figura, cubierta con un traje oscuro, estará siempre unida al maletín que llevaba debajo del brazo. Un hombre con traje marrón y un maletín marrón, similar al hombre del maletín negro de A. J. Cronin.
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