Érase una vez un "Archipiélago atlántico" llamado Canarias (Canary Island, en inglés), donde sus moradores vivían felices y dichosos disfrutando de las bondades de su "clima tropical" y de las innumerables bellezas naturales de esas Islas paradisíacas. Donde se cultivaba de todo para el sustento diario (como decía el viejo refrán, ya perdido en la noche de los tiempos: "Canarias tiene terrenos/ mejores que los de España/ donde cosechamos caña/ trigo, avena y centeno"); y una economía de escala auténticamente modélica, pilar de un desarrollo sostenido y sostenible, donde Fuerteventura era, por ejemplo, el "granero de Canarias".
Unas Islas que todo el mundo quería visitar y? habitar, dada su excelente climatología, sus maravillosas playas, sus verdes campos (sobre todo los de golf) y su bella, y no menos atormentada, orografía. Pero sobre todo, por la exquisita amabilidad de sus gentes, con una desprendida y servicial hospitalidad; dispuestas, en todo momento, a recibir y agasajar a todo foráneo que se acercara por aquellas latitudes que, como consecuencia del llamado "efecto llamada", cada día eran más, y más, y muchos más? diluyendo las señas de identidad del pueblo canario, así llamado. Y exponiéndolo a toda suerte de influencias externas y a ciertos "virus" tan perniciosos como contagiosos, que hacían estragos entre la sana población.
Cuenta la historia, que un día esas Islas fueron desafortunadamente conquistadas por una poderosa nación (que luego esquilmaría todo un imperio, donde no se ponía el sol); y con el paso de los siglos y de los siglos amén (también intervino la Iglesia de entonces), fueron "repobladas" por las "nacionalidades" de ese país, que enseguida ocuparon todas las esferas del poder -tanto económico, como político y social- y los mejores trabajos; disponiendo de bienes y haciendas en detrimento de los nativos, que quedaron relegados a un segundo o tercer plano. De ahí que surgiera el vocablo apocalíptico de "tercermundista".
Pese a esa soterrada ocupación, los llamados canarios asistían complacidos y alborozados a ese "poblamiento"; escuchando embelesados lo bien que hablaban los nuevos "inquilinos", y así? hasta ahora. En la actualidad, las Islas Canarias, llamadas "españolamente" Comunidad Autónoma, Archipiélago de Estado, Región Ultraperiférica y otros eufemismos al uso, son visitadas ¡y allanadas! por unos 12 millones de turistas (ese fenómeno social de nuestro tiempo); sin contar los otros "visitantes" que nos cuelan por puertos y aeropuertos , lo que supone una calculada y devastadora invasión. Un turismo que, como otros monocultivos de antaño, impuestos desde fuera, soporta las estructuras del precario y dependiente modelo económico de las Islas; convirtiendo a sus naturales en una degradante población de servicios, de cuya realidad viene la acepción acusatoria de "canario de servicio", referida a los colaboracionistas y vende patrias.
Muchos fueron los reclamos publicitarios -al cual más patriótico y recurrente-, para llegar a esa cifra escalofriante: desde el "slogan" "Canarias, la España tropical" al "Canarias, el Paraíso"; o, el más reciente: "Canarias, un mar de Islas". Lo que no deja de ser un monumental despropósito y una enorme contradicción, ya que, en realidad, somos unas "Islas sin mar", dado que sólo tenemos reconocidas 12 millas de "mar territorial español" alrededor de cada Isla, siendo el resto de nuestros espacios marítimos archipelágicos "aguas internacionales", con libertad de navegación por el derecho de "paso inocente" aplicable a los estrechos. Y fue, precisamente, por unos grados centígrados de menos en la temperatura de esos mares oceánicos, que aún no nos pertenecen, que el "paraíso canario" no se convirtió en infierno, gracias a que la tristemente tormenta tropical "Delta", en vez de tocarnos de lleno sólo nos rozó. Pero ese desgraciado episodio ya es pasado, aunque podría volver a repetirse, por eso del cambio climático.
Total, que entre unas cosas y otras, y algunas de más allá, este pueblo lleva tiempo padeciendo una serie de graves "afecciones", difíciles de erradicar. Desde el generalizado y alienante "síndrome del colonizado" (falta de autoestima, pérdida de dignidad, victimismo, etcétera), hasta el maloliente "síndrome de Diógenes". Y sin entrar en disquisiciones médico-científicas, lo cierto es que esta severa patología también se manifiesta en el pueblo canario. La acumulación de toda clase de basuras es de tal magnitud, que un insoportable hedor nos inunda por doquier. No solo por los desaprensivos que arrojan a nuestros barrancos y medianías escombros, numerosos trastos y desperdicios, sino por toda la tremenda inmundicia humana con la que estamos conviviendo , y que la mayoría nos la han exportado (¡esa es la libre circulación!). Sin olvidar a los crápulas, energúmenos y otros "especímenes" autóctonos que proliferan por aquí, como es el execrable caso de esa escoria humana con antecedentes de prácticas sexuales incestuosas y presunto autor de intento de rapto de una menor en Telde (Gran Canaria).
¡Canarias se está convirtiendo, desgraciadamente, en un inmenso y nauseabundo estercolero de "materiales" "orgánicos" e "inorgánicos"; y lo peor del caso es que no son biodegradables! ¡A lo que hemos llegado...! Aunque, si vamos a mirar, ese problema se podría solucionar con un buen tren de "reciclado". ¡Cuya necesaria "instalación" no debe tardar demasiado!
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