CON TODA la sinceridad del mundo puedo decirles que no me molestan en absoluto las opiniones que me hacen llegar algunos lectores en relación con los patinazos que aparecen, de vez en cuando, en este espacio sabatino, que por algo lleva el título que lleva. No sólo no me molestan, sino que las agradezco porque me hacen abrir un poco más los ojos.
Escribo mis artículos con una vieja máquina Olimpia y me los pasa a limpio mi amiga Inmaculada, utilizando eso que llaman ordenador. ¿Quién se equivoca: Inma o yo? Pues yo, sin duda, porque este servidor es quien hace la corrección final. Pero ya digo que no me molestan tales opiniones. Lo que sí me molesta, y mucho, es la actitud de algunos lectores, que no se limitan a señalarme el error correspondiente, sino que se regodean con la situación, sólo por fastidiar.
En un artículo que publiqué, no recuerdo cuándo, escribí, con la mejor de las intenciones, una frase parecida a ésta: "Que cada cual elija lo que más les guste". El error es garrafal, lo reconozco, porque si digo cada cual es como si dijera cada persona. Por lo tanto, el pronombre a emplear debería ser le, en lugar de les. Parece de sentido común.
En medio de todo he tenido suerte porque debió de pasar desapercibido el lance para quienes suelen escribirme o llamarme en estos casos. Para quien no pasó desapercibido fue para Pepe, porque llegó a casa tempranito, antes de que yo leyera el artículo en el que venía el gazapo. Y explotó, más o menos, así:
-Está bien que te ocurra porque no deberías olvidar que donde las dan, las toman. La pasada semana te permitiste la osadía de hacer crítica negativa -sin razón, además- de don Camilo José Cela y...
-¡Alto, joven! Yo no hice crítica de nuestro admirado Nobel, sino que me limité a mostrar mi extrañeza al leer lo que leí. Luego tú me aclaraste eso de la silepsis y ya está.
-Pero te quedaste refunfuñando cuando te lo dije.
-¡Que yo me quedé refunfuñando...!
-¿Sabes lo que pasa? Que ningún camello se ve su joroba, y que una cosa es predicar y otra es dar trigo, y quien escupe hacia arriba corre el riesgo de que le caiga la saliva encima y que... ¡Mira que meterse con un premio Nobel!
Aguanté el chaparrón como pude y aún tuve la entereza de darle las gracias. La verdad duele algunas veces y es posible -incluso probable- que yo hiciera mal al citar a tan alto personaje de las letras hispanas, para señalar, además, un aspecto negativo, en lugar de enterarme antes de cómo son en realidad las cosas. Y, por si no hubiera sido suficiente, empleé después en una frase ese dichoso les, cuando tal frase pedía a gritos el singular, o sea, le. Se nota que es cierto eso de que Dios castiga sin piedras ni palos.
Pido perdón, pues. No sólo por el pronombre, sino por mi osadía (Pepe la llama así) de citar a don Camilo, para señalar lo que yo consideraba una situación poco cercana a las normas sintácticas.
¿Qué hago a partir de ahora? En mi poder tengo decenas de frases copiadas de libros y periódicos, en las que yo he observado lo que a mí me parecen errores, aunque podrían ser modos de expresión que desconozco. Tales frases -muchas, al menos- son de escritores famosos de ayer y de hoy. Famosísimos, diría mejor. Pero no me gusta que me llamen osado. Por eso vuelvo a preguntarme: ¿qué debo hacer?
Para finalizar. Dejo aquí una de esas perlas: "Al llegar la policía, se levantó el cadáver con toda rapidez". ¿No hubiera sido mejor decir "fue levantado" en lugar de "se levantó". Me dirán ustedes que la pasiva refleja es como es: "Se abrió el telón", "Se plantaron ajos", "Se venden coches usados"...
Y tienen ustedes razón. Pero aquí parece que el muerto, al ver a la policía, se levantó (él solito) en un periquete.
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