ALGUIEN ha dicho que lo mejor que se puede hacer para darse cuenta de lo inútil que a veces resulta preocuparse por muchos de los avatares que la vida nos depara es leer lo que los periódicos decían un mes atrás. En efecto, descubrimos entonces que lo que por aquel entonces eran noticias de primera plana, o informaciones que alertaban sobre posibles sucesos o catástrofes, o consideraciones de personas doctas en algún asunto de candente actualidad, al final el tiempo lo ha diluido y muchas han quedado, como suele decirse, en agua de borraja. No sé, por cierto, por qué se emplea la infusión de esa hierba como referencia para aludir a algo que carece de importancia, pero eso es lo que se dice; quizá el admirado Florilán, tan aficionado a buscar el significado de muchas frases que solemos emplear habitualmente, pueda investigar su origen.
Quiero decir con lo anterior que yo soy uno de los que, de vez en cuando, sigo esa sana costumbre, con lo cual paso unos momentos realmente agradables en los que predominan las sonrisas. Descubro así que las guerras se convierten en escaramuzas, las tormentas anunciadas en simples vientos del Levante, las manifestaciones multitudinarias en meras algaradas sin importancia, etc. Pero, además de eso, el hábito en cuestión me da la oportunidad de leer noticias o sucesos que, en su momento, me pasaron inadvertidos. Por eso me ha llamado la atención la iniciativa que, según la información que ahora leo y por segundo año seguido, tuvo la asociación de vecinos El Monturrio, del entrañable barrio de Duggi. En la calle Sin Salida, gracias al trabajo de unos pocos y entusiastas vecinos encabezados por el incombustible Sebastián Lubary, la noche del pasado día 22 de diciembre se reunieron cientos de personas con un único propósito: felicitarse por las fiestas, desearse unos a otros lo mejor para el próximo año, compartir las viandas que algunos elaboraron y crear ese clima de cordialidad y afecto que en el año 2006 comenzó a cimentarse. En definitiva, para propiciar la creación de un colectivo que se ayude cuando las necesidades lo requieran, que se saluden con una sonrisa cuando se encuentren por la calle, que colaboren desinteresadamente en el mantenimiento y adecentamiento del barrio, etc. Fue todo un éxito, pues con estos encuentros se crean lazos de amistad, se renuevan los de aquellos que han cambiado su domicilio y se mantiene viva la ilusión de que es el pasado el que nos une, el que nos da alas para mirar hacia el futuro con optimismo.
Lamentablemente, esta iniciativa del barrio Duggi sólo la siguen unos pocos barrios más de la ciudad, pero en mi opinión no son como las de aquel: les falta el toque de familiaridad, de intimidad, de generosidad que en sólo dos años la de Duggi ha alcanzado. Pero es que ese año, además, en un intento de aglutinar a la gente de su barrio, se realizó en la parroquia de María Auxiliadora una exposición de fotografías relacionadas con su entorno, que fue visitada por muchas personas. Ante esto, pregunto yo, ¿por qué no hacen lo mismo otras asociaciones de vecinos? Por las informaciones que se leen en los periódicos, casi todas disfrutan de un local cedido por el ayuntamiento, tienen estatutos y una junta directiva, pero ahí acaba su función. Languidecen, nadie quiere pertenecer al órgano rector y sólo reciben la visita de los vecinos -si tiene televisor, y mejor de plasma-, cuando televisan algún partido de fútbol; una pena, porque en sus manos está la posibilidad de "hacer comunidad" y no la aprovechan.
Es hora ya de que los recientemente creados tagorores lleven a cabo una función social tan importante como es la de unir a los vecinos. No se trata sólo de pedir la reparación de unas farolas, el rebacheado de una calle, exigir más contenedores de basura o protestar porque a veces no se ve ni de lejos al tantas veces prometido policía de barrio. Entiendo que los barrios son el embrión de la ciudad, los que confieren a ésta su carácter, su idiosincrasia, su verdadera identidad, por cuyo motivo deben hacer lo imposible para que los valores y costumbres de nuestros antepasados no sólo se conserven sino se potencien ante el futuro, porque de seguir así -a pesar de los bailes de magos del mes de mayo- acabaremos fagocitados por costumbres y ritmos modernos que, con todos mis respetos, no son los nuestros.
Y hablando de bailes de magos, sin ir más lejos -y es una idea de Lubary-, al ver el amplio espacio de la recientemente remodelada plaza de la Candelaria, ¿por qué no promueve el ayuntamiento, tutelado por las asociaciones de vecinos, la celebración semanalmente de una exhibición de bailes típicos? Más aún, al igual que se hace en la barcelonesa plaza de Cataluña con la sardana, ¿por qué no se enseña en esas exhibiciones a bailar la isa, la folía o la malagueña? Da pena que cuando acudimos a una boda, un bautizo o cualquier otra celebración familiar, llegado el momento en que la orquesta o el pinchadiscos deja oír las notas de nuestros bailes típicos, nos limitemos a dar vueltas y vueltas, cogidos de la mano y con caras bobaliconas, como si eso fuera la máxima expresión de nuestras tradiciones. Y no es así.
Siempre, llegado mayo, hablamos de nuestras tradiciones. Hora va siendo ya de que hablemos menos y hagamos más para recuperarlas.
© Editorial Leoncio Rodríguez, S.A. |Aviso legal | Mapa del sitio | Publicación digital controlada por OJD