AHORA que tanto se habla de la "cuesta de enero" y de lo mucho que cuesta para salir de la misma, especialmente a aquellas familias de renta pequeña y múltiples vástagos, bueno es que recordemos en cierto modo lo que era la Cuesta de la Villa. La Villa por antonomasia fue siempre La Orotava. Destacaba entre los mejores pueblos de Tenerife y estaba naturalmente en alto. Debajo del mismo Teide, y, por lo visto, había que ascender de una planicia. El lugar más o menos era ese donde se deja la autovía del norte para conectar con la carretera antigua que venía de Santa Úrsula.
Había allí unas casas de comidas, entre las que destacó durante muchos años "Casa Florencio", donde se hacían unos riquísimos chicharros rellenos, especialidad de la casa así como otras apetitosas viandas, igual que unos postres que debían de quitar el sentido, entre ellos los "bienmesabe". Cuando se salía al campo para comer, no era extraño que los automóviles se dirigieran a la Cuesta de la Villa, donde todavía hay casas que fueron testigos de aquellos recordados días.
La Orotava ha sido siempre una ciudad bien cuidada y con grandes comercios, por lo que no poca gente pudiente de Santa Cruz viajaba con frecuencia a las calles villeras para comprar en sus tiendas, siendo costumbre muchas veces parar en "Casa Florencio".
Las excelencias de "la Villa" eran alabadas en muchas partes -luego el Puerto de la Cruz le arrebató el protagonismo-, y de ahí, quizá de su época anterior, el poeta sacó la base para reafirmar un producto derivado del cerdo: "Aunque el cochino sea blanco / y lo lleven a la Villa, / y lo pongan a la sombra, / siempre es negra la morcilla.
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