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MARTES, 15 DE ENERO DE 2008
LA MEDIA COLUMNA FRANCISCO AYALA

Antonio Castro

HACE TIEMPO que no nos comunicábamos pese a las ganas que teníamos de vernos por parte y parte; Antonio, con un mal que le imposibilitaba moverse con soltura y trabajar sin descanso; y yo, metido en un trabajo siempre cambiante, siempre nuevo, que me hace asimilar la mala costumbre de "dejar para mañana lo que puedes hacer hoy", que es una costumbre nociva, convertida en refrán que casi siempre se cumple. Sólo nos unió, esporádicamente, el teléfono, que me traía la alegría y la tranquilidad de que estaba con vida, aunque su salud no era la misma. Sé que no lo pasó bien en este largo período en el que se vio privado del dinamismo que marcó su existencia inquieta, creadora, enérgica y vocacional.

Hubiera sido un gran político, como demostró sobradamente, plasmado en obras y buen gobierno, cuando desempeñó la alcaldía portuense. Fue un gran gestor de la vida pública de la Ciudad Turística, y no sólo mantuvo íntegro el buen hacer del que también fue alcalde, don Isidoro Luz Cárpenter, artífice de la asombrosa transformación del Puerto de la Cruz, sino que mejoró notablemente todo lo que estaba hecho, añadiendo mucho de lo que estaba por hacer y dando un enfoque distinto, que mejoró la estampa interior y exterior del Puerto, que creo yo, vivió entonces su "siglo de oro" turístico.

Una afección repentina malogró su estado físico y sus planes y realizaciones de presente y de futuro. Y cuando se vio obligado a abandonar la vida pública, dejó un ejemplo inimitable que fue premiado por la corporación municipal con la Medalla de Oro de la Ciudad.

Sin Antonio Castro en la alcaldía, aunque le siguieron buenos regidores municipales, unido al privilegiado y discriminatorio progreso de la zona Sur de la Isla, que representó una indiscutible competencia, el Puerto de la Cruz comenzó a decaer en el aspecto turístico. Y para Antonio, no sé si sería mejor no ser testigo del impensable y peor momento político que está experimentando la ciudad, tan diferente a aquel Puerto insuperable de Antonio Castro García. Descanse en paz el entrañable amigo y camarada, como le hubiera gustado a él que lo despidiera, ya que eso fuimos toda la vida.

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