Cuando son capturados, los asesinos de ETA suelen confesar a las fuerzas policiales todas sus fechorías, pero no en sentido penitencial, al carecer del sentimiento de aflicción, sino con el orgullo entre malvado y corporativo de pertenencia a una asociación ancestral y sabiniana, a la que por cierto ignoraron las primeras migraciones indoeuropeas. Ha sido tan abundante y fluida la información que el etarra Martín Sarasola ha facilitado a la Guardia Civil que a veces habría resultado difícil llegar a creerle, pero tan coincidentes han sido los detalles revelados de sus acciones terroristas con los recogidos por los investigadores policiales que el ministro de Interior, Pérez Rubalcaba, podía informar a mediodía de ayer sobre el currículum criminal de Sarasola y sus cómplices más directos.
A la luz de la historia criminal del comando desarticulado el pasado domingo, con la detención de Sarasola y Portu, y con sus socios Mikel San Sebastián y Joseba Iturbide en fuga, no sólo se neutraliza un equipo altamente capacitado y activo en el organigrama criminal de ETA, sino que se evita el macroatentado que habría pensado este comando perpetrar en Madrid, en la zona de Azca, de gran densidad comercial. Fuera en un sótano o en un aparcamiento, la destrucción no hubiera sido menor que la causada por el atentado en la Terminal 4 de Barajas, del que también fueron autores materiales los dos terroristas detenidos y el huido San Sebastián.
El azar interviene a menudo en los éxitos policiales, pero también obedecen la mayoría de estos éxitos, además de al esfuerzo y a la profesionalidad cada vez más cualificada de las fuerzas y cuerpos de Seguridad, al debilitamiento organizativo de la banda, diezmada por la ininterrumpida serie de capturas y desmantelamientos que sufre desde hace tiempo. Llevaban Portu y Sarasola desde el año 2005 en plena actividad terrorista, y con un margen para la iniciativa propia tras cuatro años de meritorio entrenamiento, lo que pone de manifiesto cierta facilidad de ETA para que algunos de sus comandos se muevan libremente entre la sociedad vasca. No todos los terroristas viven en la clandestinidad de Francia o en refugios bien disimulados de Euskadi; los hay, como los miembros de este comando, sin ficha policial y sin temor a sostener la mirada a un "ertzaina".
Pero no es fácil reconstruir un comando tan operativo y "fiable" como el desarticulado ahora, con "zulos" perfectamente ocultos cerca de la frontera en los que almacenar los explosivos y armas enviados desde Francia, para distribución a otros comandos o empleo en acciones de iniciativa propia. ETA puede seguir matando, destruyendo, extorsionando y envileciendo todo lo que toque, o a todo el que la justifique y comprenda, pero la cuenta atrás hacia su derrota policial, tras su asfixia política, social y económica, avanza de forma inexorable.
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