UNO PIENSA que estamos viviendo tiempos que no son de mucho trabajar. En la guagua -no digo en el tranvía, porque casi nunca encuentro un asiento y tengo que ir de pie- se oyen cosas que le hacen a uno meditar. Alguien que iba ayer en el asiento a mi lado decía que a un amigo suyo le deberían dar el nombre de una calle porque llevaba veintisiete años trabajando. "Pero si veinte años trabajando los llevaba antes un aprendiz de sastre -comenté- y no había terminado el aprendizaje". Lo que pasa, proseguí, es que en fechas o épocas anteriores éramos más sacrificados. Sesenta o setenta años pegados al duro yunque del trabajo, como se decía en las obras de Alejandro Dumas, sí podían convertirte a aspirante a un mérito de esos en los que se destacan a los que merecen una distinción.
Un pasajero de un asiento inmediato que seguía la conversación, y hay muchos así -es decir, que se alimentan espiritualmente de "la comida" de los demás-7, intervino en la conversación diciendo que él conocía a hombres que eran superclases, que no sólo llevaban cincuenta años de trabajo en nómina de una empresa y no faltando ni una sola vez las ocho horas de jornada, sino que, además, aprovechaban las horas libres para asistir a todos los bailes para mayores que hay en el panorama insular. Es decir, que no sólo cumplían religiosamente con su obligación laboral, sino que, además, trataban de hacer felices a las mujeres en el arte de la danza.
El que intervino en último lugar añadió: "Eso sí es un sacrificio. Que después de dedicar un día a cobrar recibos, calle arriba calle abajo, termine por último bailando unos tangos o unos chotis por amor al arte, manda castaña".
Absténganse los políticos de segunda fila, o los que quieran presumir, que ya tienen con las "caídas", o sea, con lo que cae.
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