A UNO le parece bien, conste, que un gentío enorme se reúna en defensa de la familia cristiana. Lo que uno no entiende es por qué el gentío ha de ondear banderas y lanzar consignas políticas en defensa de una institución social que, cristiana o no, existe desde siempre (uno hace ya mucho tiempo que se enfrascó en la lectura y el estudio de "El origen de la familia, la propiedad privada y el estado", de Engels). Una institución a la que nadie, sospecho, está en condiciones de atacar -en sus cimientos, digo, en su esencia-, si se trata de verdad de una familia bien avenida y si está unida, además, por convicciones religiosas.
Pasa, ciertamente, que, además de las familias cristianas, hay otros tipos de familias. Y que mientras las manifestaciones se desarrollan -más para atacar al Gobierno que con otra finalidad- y se suceden los rifirrafes entre el poder episcopal, que debería mantenerse en el ámbito de la espiritualidad y la doctrina, y los políticos, que tampoco tendrían que meterse en camisas de once varas, de creencias confesionales, las noticias nuestras de cada día nos demuestran que los tiros de la realidad, de las realidades familiares, van por otros barrios. Basta leer las páginas de sucesos para comprobar cómo se llevan las familias. Y un año más, que la Navidad es la época en que se registran más disputas domésticas, más riñas y más asesinatos entre miembros del mismo clan, justamente por la costumbre -acaso innecesaria y contraproducente- de reunir alrededor de una mesa (y del alcohol) a personas de la misma sangre, pero que no se pueden ver y que ocultan rencillas, odios y rencores, prestos a aflorar a las menores de cambio.
Otra nota de la actualidad, no voy a decir que palpitante; mejor, acaso, deprimente: solamente en Canarias y en los últimos meses se han gestionado 6.000 divorcios. Dicho de un modo cristiano, 6.000 familias al garete. Considerado de una manera práctica: ¿era preferible que esas doce mil personas, pese a sus diferencias y al fracaso de su relación, mantuvieran el vínculo y cayeran en la desdicha y la animadversión insoportable?... Puestos a preguntar: ¿habrá evitado alguna de esas separaciones el incremento de las víctimas mortales por violencia de género?... Quién sabe. Por supuesto: hay una enorme cantidad de familias felices. Y de familias que se ayudan incluso por encima de la ley (a estas últimas se las suele llamar mafias). Pero, pertenecer a una familia o a otra (salvo en el caso de su núcleo matrimonial) no es más que un accidente, una circunstancia ajena a nuestra voluntad. Hay quien tiene suerte porque le han tocado (como te puede tocar la lotería) unos familiares estupendos (incluida clase social y oportunidades vitales). Pero, hay quien es desafortunado y aterriza de bebé entre gentes que no le gustan o en un ambiente en el que ese mismo bebé, según va creciendo, no pega. Y entonces, no hay que ser cristiano, sino un auténtico santo para soportarlo de por vida, oigan.
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