SIEMPRE se ha hablado de la crisis religiosa, pero más actualmente. Sin embargo, apenas nos cuestionamos la crisis del sentimiento religioso, que es donde está el gran problema que estamos sufriendo. Ya más de un teólogo viene apuntado que, el drama del hombre contemporáneo no es, tal vez, su incapacidad para creer, sino su dificultad para sentir a Dios como Dios. Incluso los mismos que se dicen creyentes parecen estar perdiendo el tiempo para vivir ciertas actitudes religiosas ante Dios. Y lo primero es la dificultad para adorarlo.
En tiempos no muy lejanos, parecía fácil sentir reverencia y adoración ante la inmensidad y misterio insondable de Dios. Hoy es más fácil adorar a quien reducimos a veces tan ligeramente a compañero o "colega". ¡Hasta este nivel podemos reducir nuestra condición de persona!
Como obra de Dios e imagen que somos suya, para adorar a Dios necesitamos sentirnos criaturas infinitamente pequeñas ante Él, pero infinitamente amados. Admirar su grandeza insondable y gustar su presencia cercana y amorosa que envuelve todo nuestro ser. Adorar a Dios es amor y rendir nuestro ser a Dios. Y quedarnos en silencio agradecido y gozoso ante Él, admirando su misterio desde nuestra pequeñez e insignificancia. Siempre hay que contar que nuestra dificultad para adorar proviene de raíces diversas. Hay quienes viven aturdidos interiormente por todas clases de ruidos y zarandeando por mil impresiones pasajeras sin detenerse nunca ante lo esencial. Por este camino nunca encontrarán "el rostro adorable" de Dios.
Para adorar a Dios es necesario detenerse ante el misterio del mundo y saber mirarlo con amor. Quien mira la viuda amorosamente hasta el fondo comenzará a vislumbrar las huellas de Dios antes de lo que sospecha. Sólo Dios es adorable. Ni las cosas más valiosas ni las personas más amadas son dignas de ser adoradas como Él. Por eso, hay que ser libres interiormente para poder adorar a Dios de verdad. Esta adoración a Dios no nos aleja de nuestros compromisos con el prójimo. Quien adora a Dios lucha contra todo lo que destruye a ese hombre que es su "imagen sagrada". Quien adora al Creador respeta y defiende todo lo que vive. Aquí, qué bien se entienden las palabras del gran científico y adorador de Dios y del mundo natural, la obra divina:
"Cuanto más hombre se haga el hombre, más experimentará la necesidad de adorar a Dios, sintiéndose ser hijo suyo y creado por Él y a imagen suya".
Esto sí es adorar y amar a Dios, ayer, hoy y siempre. Dios, de hecho, es tan necesario para el ser humano que no puede suprimirlo sin sustituirlo. Donde no hay Dios hay dioses. Donde falta la religión pululan las supersticiones. Las personas que no adoran a Dios adoran a sus ídolos supletorios. Y para alcanzar este lamentable resultado emplean todo su ingenio en persuadirse y persuadir de que Dios no existe. Se valen de su luz para cegarse. Estas personas son como "aquel sujeto que se sacó los ojos para suprimir al sol".
* Capellán de la clínica
S. Juan de Dios
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