Gastronomía
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JESÚS R. MANZANEQUE COCINERO

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8/ene/08 14:05
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EN LOS DÍAS NAVIDEÑOS que ya han culminado escuché de amigos y conocidos el consabido saludo y lleno de buena voluntad (¡Feliz Navidad! y prosperidad), cosa que he agradecido y valorado por la sinceridad con la que vienen los mensajes y que yo también deseo de todo corazón para los demás.

También me hicieron comentarios sobre almuerzos y cenas que proliferan esos días, "comidas de empresa; casi todas las opiniones son constructivas sobre la relación calidad-precio, pero otras -más bien pocas- son destructivas y muy críticas con grandes dosis de enfado y cabreo colectivo. Sobre estos últimos quiero analizar y a ellos me dirijo.

Bien es verdad que yo no soy crítico gastronómico, pero ante el silencio de algunos -que así se hacen llamar- y el mimetismo mirando al lado opuesto de otros, hoy me atrevo, sin que sirva de precedente, a poner el dedo en alguna llaga que se pueda dar por aludida o señalada.

Es más que sabido que durante muchas épocas surgieron crónicas de sociedad que indicaban composturas y posturas en la mesa, normas de protocolo, exigencias mínimas en el vestuario y en el vocabulario, conocimientos gastronómicos, formas de utilizar los cubiertos y así una larga lista del protocolo que ya dejara escrita el mismísimo Leonardo Da Vinci.

Como cliente que he sido y soy, también pongo mis normas y mi decálogo de necesidades gastronómicas. Deseo que la amabilidad y profesionalidad de la plantilla del restaurante sea ecuánime para todos y no dependa de la propina. No me gusta la insistencia de la degustación de 8 ó 10 platos con otros tantos vinos, pues el cuerpo no lo aguanta y la memoria olvida.

No me gusta ni me seduce la rutina de un banquete donde el sabor agridulce se repite en todos los platos, como la comida china. No me gusta la espera entre plato y plato, pues enfada mi estado de ánimo y maltrata mi estómago.

No me gusta la vajilla tipo palangana, en la que hay que hacer equilibrios para pinchar una aceituna. No me gustan los ingredientes industrializados, por muy caros que sean, pues soy un defensor a ultranza de lo natural y artesano. No me gustan los cocineros que pasan más tiempo en los aeropuertos que entre fogones y cacerolas.

No me gusta que sean tan poco imaginativos y repitan las mismas técnicas y productos en un mismo menú. No me gusta que el servicio no sepa lo que vende y a cada consulta tenga que ir a cocina o responda: "Eso es una especialidad del chef".

En definitiva, no me gustan las raciones cortas y las facturas largas.

 

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