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La auditoría, los auditores y Rumasa (I)

8/ene/08 11:41
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Hace ahora veinticinco años que surgió aquel tema tan delicado y apasionante como dramático. Todos lo conocimos por Rumasa. El entonces ministro Miguel Boyer, en su famosa rueda de prensa de expropiación del "holding" privado, puso tan de moda el vocablo auditoría como a la firma "Arthur Andersen", pionera del control de controles, que junto a las de "Price Waterhouse", "Arthur Young", "Cooper and Librand", "Deloitte", "Ernst and Whinney", "Peat-Marwich-Mitchel" y "Touche Ross" eran, en aquella época, las "ocho intocables", las multinacionales más poderosas e influyentes que asesoraban al mundo empresarial. Conjuntamente daban empleo a ciento cincuenta mil personas, en dos mil quinientas oficinas y en más de cien países. Asesoraban al 80% de todas las compañías que se cotizaban en la Bolsa de Nueva York e ingresaban más de cinco mil millones de dólares al año.

En un libro fascinante y esclarecedor, "Los ocho grandes", su autor, Mark Steven nos aseguraba entonces, entre otras cosas, que "estas multinacionales necesitaban tener oídos en sus espaldas".

Realizar auditorías era -y sigue siendo- uno de los negocios más florecientes del momento ya que la supervisión y control de las cuentas de una sociedad, realizada por profesionales independientes, se había puesto de moda en España de la mano de las citadas multinacionales, a medida que habían aumentado las exigencias de garantía y transparencia económica. Y también se puso muy de moda la auditoría interna de la que, entre otros, Antonio Salgado Pérez, miembro de la Junta de Gobierno del Cotime tinerfeño dedicó, con tanto entusiasmo como pasión y esfuerzo, en Unión Eléctrica de Canarias (Unelco), buena parte de su actividad profesional, siempre apuntalada por el Instituto de Auditores Internos de España (IAI), que presidía la excepcional figura de Eduardo Hevia.

Hace cinco lustros, la necesidad urgente de formar profesionales de auditoría era un problema serio, dado que no se podían improvisar. La garantía del trabajo de los auditores era clave para mantener la confianza de las auditorías. Por aquella época, en la que Rumasa y Boyer popularizaron, insistimos, y con determinados tintes, la palabra auditoría, siempre nos asaltó una duda. Para el pueblo llano, ¿qué podía significar la acepción de auditor? Posiblemente que se trataba de un inquisidor, de una auténtica amenaza, de un juez, de un acusador. Pero no era nada de eso. No debía serlo. Era, debía ser, tanto si se trataba de un auditor interno como externo, un simple colaborador, un galeno "sui géneris" que, dentro de la empresa y fuera de ésta, podía, incluso, no sólo prevenir sino curar enfermedades de tipo comercial, económico y financiero.

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