N. RGUEZ. (COLPISA), Barcelona
Francisco Casavella (Barcelona, 1963) ha utilizado a fondo el retrovisor en la novela que le valió el Premio Nadal 2008 en la madrugada del lunes. En "Lo que sé de los vampiros", el escritor abandona la Barcelona pícara de obras anteriores para relatar, casi tres siglos atrás, las cuitas de Martín de Viloalle, joven novicio que decide acompañar a los jesuitas expulsados de España el 2 de abril de 1767. Según explicó el escritor, se trata de un estimulante cambio de aires de su ciudad natal que, como telón de fondo de su obra "El año del Watusi", acabó por cansarlo. Pese a ello, sostiene que un novelista acaba "hablando siempre de lo mismo".
-¿Cree que la definición de novela histórica es apropiada para su libro?
-Para mí, "Lo que sé de los vampiros" es una forma elaborada de tragicomedia. Vengo a decir que todo es terrible, nada es serio, no hay esperanza, pero todo es una especie de gran broma, nada es blanco ni negro del todo.
-¿Es la primera vez que se aventura en el género?.
-Yo empecé esta novela hace cuatro años y medio: la gente se impresionaba cuando les decía que estaba escribiendo sobre el siglo XVIII. Entonces las novelas históricas no existían, al menos no este despliegue de ahora. A mí no me preocupa, hacía tiempo que tenía ganas de escribir esta novela y tengo la conciencia muy tranquila. Que la gente escoja un tipo de género no obedece a nada impuro, quizás a que los escritores no quieren hablar del presente porque es un tiempo muy trémulo. También es una estrategia para explicar en su origen cuestiones actuales muy precisas.
-¿Por qué eligió como ambientación la expulsión de los jesuitas?
-Es un buen punto de arranque. No me interesaba explicar la expulsión en sí, sino transmitir cómo fue de sorpresiva, se les acusaba de conspirar a todas horas y era mentira, era una paradoja. Quizás fuera una expulsión injusta, y además tiene paralelismos con otros sucesos de la historia. También el personaje, un novicio, me atrajo. Cómo alguien sometido a una situación injusta se convierte en una persona que ni remotamente sabía qué iba a ser.
-¿Puede hablarnos más del protagonista?
-Es un personaje con unos motivos no demasiado puros. Proviene de una familia de terratenientes donde es el último mono, está predestinado a ser jesuita. Se mete allí pensando en no volver a su familia ni loco y van y lo expulsan de la orden. En el siglo XVIII había muy poca diferencia entre los filósofos ilustrados y las clases altas, la vida de Voltaire no difiere tanto de la de estafadores que iban de corte en corte. La gente buscaba el cobijo de una renta. Históricamente no distan mucho de nosotros.
-¿Habla de paralelismos del episodio que narra con otras épocas?.
-Me refiero a todas las "limpiezas" que se han dado antes. En España somos muy de expulsiones. Siempre hay unas razones que se imponen como históricas, un lugar común que todo el mundo acepta. Me interesa el trasfondo.
-Por primera vez deja la realidad digamos más presente, ¿no la encuentra sugestiva?
-Me duele ser sincero (risas). Un novelista acaba hablando siempre de lo mismo. La racionalidad versus la ira también estaba presente en "El año del Watusi". Hay cosas que te estimulan la imaginación y luego dejan de estimulártela. En el caso de Barcelona como escenario, con ese libro ya me quedé tranquilito. "El año del Watusi" afectaba a un momento de tu vida, pensé que cuando la acabase de escribir se acabaría mi juventud. Con esta novela no tenía ganas de meterme en el barrio chino, ni en cercanías. Ahora Las Ramblas están llenas de "guiris". Es una opinión personal, claro, porque me voy volviendo mayor y cascarrabias.
-¿Da por agotada Barcelona en su obra?
-Ya veremos. Entre los proyectos que barajo está una novela que sí pasaría en Barcelona.
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