ME PILLÓ la noche del cinco la Cabalgata de Reyes en plena calle y no tuve más remedio que participar, de alguna manera, en el popular y populista tenderete. Les contaré que, en contra de lo que creía (qué coñazo, me había dicho a mí mismo cuando me vi atrapado en la vorágine), me gustó, lo pasé bien y hasta me pareció una experiencia interesante. Hacía tiempo que no observaba las miradas ilusionadas de los menudos y, además, descubrí que esas miradas son idénticas en los niños de cualquier procedencia. Porque la cabalgata del otro día fue una cabalgata multirracial. La sociedad, nuestra sociedad, ya es más que variopinta y los ojos del chiquillo oriental sentado al borde de la acera despiden la misma asombrada ilusión que los de una negrita con trenzas amarradas por lazos rojos subida en los hombros de un padre sonriente y feliz de estar aquí y de sumergirse en una fiesta colorista y fantástica como un chicharrero más.
O sea, que fue bonito. Sin embargo?
Sin embargo, a la mañana siguiente, en el soleado día de Reyes, me pregunté, un tanto atónito, dónde estaban todos aquellos niños de la noche anterior. Echaba en falta la algarabía infantil de antaño en las plazas y las calles festivas de la ciudad. No encontraba las imágenes de la memoria reciente de aquellas risas y juegos urbanos de las epifanías de antaño. ¿Dónde estaban los niños?
Parte de la tradición de estas fiestas -que acaban, precisamente, en esa jornada de ilusión y de obsequios- consistía, si ustedes no lo han olvidado, en el griterío de los pequeños que estrenaban sus bicicletas, sus balones, sus coches teledirigidos, en medio de las calles, compitiendo ellos, sin ser conscientes de que lo hacían, orgullosamente en defensa de la generosidad de sus padres.
El silencio matinal de ese día de Reyes me demostró cómo están cambiando las cosas. Vivo y trabajo frente a dos plazas muy propicias para el juego y los encuentros infantiles: la Militar y la de San Francisco. Bueno. Pues en ninguno de esos dos espacios ciudadanos vi, en la mañana del 6, niños exhibiendo sus regalos, disfrutando de sus juguetes, compartiendo con otros sus satisfacciones y sus anhelos cumplidos. Tal vez porque los padres recelen de los peligros de la vía pública? No sé. Pero, podrían acompañar a sus retoños y cuidarlos en sus expansiones. O acaso suceda que los Reyes, últimamente, lo que más traen a la chiquillería son juegos que no se pueden compartir o exhibir, sino que se disfrutan en la soledad (cálida, pero soledad al fin) del hogar. Consolas, videdojuegos, wiis, y aparatología diversa que sólo invita al ensimismamiento y no a la comparancia y hasta a la emulación vecinal. Ignoro si eso será socialmente positivo. Pero, así, a primera vista, me da la impresión de que no. Qué quieren que les diga.
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