ESTO PUEDE considerarse la crónica de una Navidad que ya no existe. Mi Navidad. Mi Navidad era una fiesta de sensaciones diversas: olores, sabores, fiesta, alegría, música, villancicos, oración..., todo ello en familia. Todo entremezclado e importante por sí mismo. Mi Navidad es la Navidad de mi infancia; esa que significa celebrar una de las fiestas más importantes del Cristianismo y que tenía su cénit en la "noche de bendición" que era cuando todos en familia celebrábamos el nacimiento de Jesucristo en Belén. Ahora lo que hay no se puede denominar así. Es otra cosa. Lo de ahora ha pasado a ser una fiesta mercantilista y laica que ha desplazado el sentido religioso de la fiesta por otro puramente comercial. Hoy en día se ha perdido la esencia y el sentido de la Navidad cristiana.
En mi Navidad sólo cabía la alegría y el gozo de celebrar juntos -echando de menos a los que ya no estaban entre nosotros, por aquello de los avatares de la vida, pero sin amargarnos demasiado el presente- el nacimiento del niño Jesús. Mi Navidad era sobre todo una unión y comunión familiar. El lema de mi familia ha sido y sigue siendo: lo primero, la familia. No existe nada más importante: los abuelos, hoy tan denostados, el padre, la madre, los hijos y, si se tiene suerte, los demás miembros que se van agregando al núcleo inicial: los yernos, nueras y nietos. Cualquier problema que afectara a uno de los miembros de la familia era un problema de todos y como tal se resolvía. Se estaba unido para las duras y para las maduras. Se era una piña y la jerarquía y la lealtad no eran cuestionables ni intercambiables como lo es ahora. Los valores me los enseñaban en la familia, y las matemáticas y la literatura en la escuela.
Recuerdo que para mí la Navidad era una oportunidad de ver actuar a mi madre en la cocina. Era única. Todo lo hacía ella y mis hermanos y yo éramos sus pinches: el turrón, los mazapanes, los rosquetes y, sobre todo los pestiños. ¡Dios mío, qué olores había por toda la casa! Yo le ayudaba a estirar la masa de los pestiños con un rodillo de madera, mi hermana rascaba la piel del limón y mi otro hermano preparaba el aceite, el jerez y el anís. Mi padre colocaba el portal de Belén que cada año se hacía más grande; porque siempre le estábamos añadiendo figuritas que comprábamos en los alrededores de la plaza de abastos, en las decenas de puestos donde vendían todo lo relacionado con esas fiestas.
La familia en sí formaba un coro. Cada miembro tenía su propio instrumento musical: mi padre era el de la zambomba, mis hermanos y yo tocábamos la pandereta, mi madre la botella de Anís del Mono con su inseparable cuchillo oxidado, a la tía Rosalía le gustaba hacer sonar los cascabeles. Los días de la Navidad pasaban de largo sin apenas darnos cuenta. Era una época en la que nos vestíamos mejor que en otras ocasiones, como en el Corpus, donde casi siempre estrenábamos algo de ropa. Por otra parte, se comía mejor y más cantidad. Recuerdo que en casa esperábamos ansiosos la llegada de mi padre el día en que en el Astillero le daban la bolsa de Navidad: turrones, polvorones, una botella de coñac, otra de anís, algunas conservas y, sobre todo, un pollo entero; en algunas ocasiones, y si coincidía con la botadura de algún barco, el extra podía traer hasta un pavo. ¡Un pavo! Santo Dios las cosas que hacía mi madre con aquel bicho; yo creo que le aprovechaba hasta las plumas para rellenar los cojines.
La noche de Navidad íbamos a la Misa del Gallo, donde nos encontrábamos a todos los vecinos del barrio y demás familia, incluidos tíos y primos. Yo me iba antes porque era monaguillo; y cuando salía delante del cura, con mi sotana color púrpura y mi sobrepelliz blanca inmaculada, con un enorme encaje de organdí que mi madre almidonaba primorosamente, blandía el incensario e intentando echarle el humo a mis hermanos y amigos; éstos comenzaban a toser en alto llamando la atención del padre Sebastián, el cual les daba unos coscorrones en la cabeza para que no armaran jaleo. La misa era alegre, como debía ser. Los villancicos los cantaba un coro de voces blancas compuesto por mis compañeros de correría, que de blanco tenían lo que yo de cura. Al final de la misa el párroco sacaba a un niño Jesús, que parecía más bien un hermoso recién nacido de lo grande que era, al cual todos besaban con devoción.
El fin de año lo pasábamos en casa. Bueno, es un decir. En realidad todos los vecinos despedíamos el año en el patio como una gran familia y bailábamos y cantábamos hasta el amanecer. La noche de los Reyes Magos era otra cosa. Mi madre decía que yo dormía con un ojo abierto y me levantaba con taquicardia por aquello de que mi padre me amenazaba siempre con el dichoso carbón. No obstante, los Reyes Magos siempre fueron generosos con nosotros. La cantidad de juguetes iba en función de la edad. Mis padres casi no tenían reyes, mis hermanos mayores casi tampoco, quizás algo de ropa o unos zapatos; en cambio yo podía disfrutar con el Fuerte Apache, y jugar con los soldados del 7º de Caballería, con los indios Sioux, o leer al Capitán Trueno, o lanzar mi trompo de siete colores...; realmente añoro ese tiempo cuando celebrar la Navidad en familia era lo realmente importante porque nos unía, si cabe, aún más.
© Editorial Leoncio Rodríguez, S.A. |Aviso legal | Mapa del sitio | Publicación digital controlada por OJD