SI JESÚS CALDERA hubiese venido a Tenerife para decir que le inquieta la subida del paro en Canarias -casi un 14 por ciento el año pasado-, me hubiese preocupado bastante. Un tonto siempre es más peligroso que un insolente, y realmente hay que ser bastante memo para reconocer, cuando se gobierna, que las cosas van mal. Manifestó, en cambio, Caldera lo que se esperaba de él; lo que se espera, en definitiva, de cualquier político con cargo público: que hemos mejorado en comparación con el mismo período del ejercicio anterior. Una mejora más sustancial si la comparamos con lo que se ha logrado en cuanto a empleo durante esta legislatura. Menos mal que todo va bien.
No me preocupa, como digo, que Caldera se empeñe en ser discípulo de Diógenes el cínico, en la mejor línea de su colaboradora Consuelo Rumí, o de otros compañeros de Gabinete; verbigracia, Maleni Álvarez en Fomento y Moratinos en Exteriores. Lo que me alarma es la abismal falta de discurso ante los problemas inmediatos. Uno de ellos el desempleo; lacra tradicional de la sociedad española, afortunadamente desplazada a un segundo plano durante los últimos años gracias a la bonanza económica. Un fantasma -en realidad algo más que un simple espectro- que ahora retorna a lomos de una incertidumbre creciente. Pero no sólo impera el vacío de propuestas en asuntos dinerarios. Tampoco las hay para los problemas educativos, de asistencia sanitaria, de la vertebración del Estado -un tema del que merece la pena hablar monográficamente, habida cuenta de los ofrecimientos que anda haciendo Zapatero para seguir en La Moncloa- o de vivienda.
Cuestión esta última, la de tener un techo propio, para la que se arbitran medidas parciales en forma de ayudas al alquiler, pero no se entra en el fondo del desaguisado: la inflación desmesurada y peligrosa del mercado inmobiliario. En vez de adoptar políticas eficaces contra la especulación del ladrillo, se parchea el agujero con paños calientes. Las ayudas al alquiler supondrán inicialmente un alivio para muchos jóvenes, pero a la larga incrementarán los precios del mercado. Al final, de nuevo como el duende malo que retorna, tendremos el problema corregido y aumentado. Eso sí, en el ínterin la dádiva habrá servido para aumentar el pesebre y amarrar votos.
Como la naturaleza le tiene miedo al vacío, y la naturaleza humana también, esa carencia de propuestas se llena con el perenne ataque al contrario. Aunque quizá el término ataque se queda corto. Lo que se estila es la descalificación sin medida y el insulto gratuito. Extremo, por lo demás, consustancial con un PSOE instalado en la mayor de las desvergüenzas -dejémoslo sólo en eso-, y un PP en manos de meapilas pendientes sólo de que nadie les haga sombra entre sus propias huestes. Con independencia de que ello implique renunciar a caballos ganadores; Ruiz Gallardón, por ejemplo. Y entre los unos y los otros, los nacionalistas haciendo caja de enero a diciembre.
Lo peor en este maremagno es que no hay líderes. No los hay, como dijo Ortega, porque no hay masas cohesionadas capaces de exigirlos. Hoy, en España, cada uno por su lado y "aquello" el último. Con perdón por lo de "aquello".
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