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CARLOS ACOSTA

De profesión, mis ignorancias (Núm. 220)

5/ene/08 14:04
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EN MI ARTÍCULO de hace un par de semanas tuve que reconocer, no sin cierto sonrojo, que había yo llegado a la lectura de "Viaje a La Alcarria" con evidente retraso, porque la obra fue publicada allá por los años cincuenta del pasado siglo. Como castigo a mi abulia, mi desinterés y mi indiferencia me he impuesto la lectura inmediata de "Viaje al Pirineo de Lérida", algunos de cuyos capítulos -pocos, la verdad- ya conocía por haberlos leído en su momento en el diario ABC, en su edición para Andalucía, donde don Camilo los daba a conocer periódicamente.

Me he encontrado en este libro los mismos senderos y atajos de La Alcarria; los mismos riachuelos y las mismas colinas (con otros nombres, claro); los mismos perros, las mismas gallinas y las mismas vacas; y, como no podía ser menos, me he encontrado también los mismos posaderos adustos o sonrientes, las mismas cocineras de caderas anchas y pechos robustos... Y, gracias a Dios, me he encontrado también las mismas muchachas de cintura estrecha y sonrisa perenne, que le servían al caminante los inevitables tres huevos fritos -siempre tres- en el desayuno. Con jamón o con patatas fritas, pero siempre tres.

Y me preguntarán ustedes por qué motivos me he metido de lleno en un libro que se parece a otro como dos gotas de agua entre sí. Les diré por qué: porque don Camilo es mucho don Camilo, porque los paisajes son hermosos, porque la prosa del autor me satisface, porque es capaz de convertir casi en acontecimiento un asunto trivial... Y, sobre todo, porque me encuentro cosas como éstas:

"El viajero que llega a Estrahón busca donde puedan darle de comer. Las pinturas románicas de Santa Eulalia ya no están donde Dios las puso, con su infinita paciencia, hace ocho siglos. A las pinturas de Santa Eulalia se las llevaron a un museo de la ciudad, embalsamadas igual que momias. Al viajero estas depredaciones que se hacen en nombre de la cultura, le dieron siempre muy mala espina (...): más se hubieran lucido los depredadores en reconstruir el primitivo emplazamiento de cada cosa, que también suele ser una obra de arte".

Pero sígame, lector, que aún hay más:

"Al Cristo de Ginestarre se lo llevaron al Museo de Arte de Cataluña, en Barcelona. Cataluña no se libra del mal que atenaza a España entera, el centralismo, y engorda a su capital, Barcelona, a expensas de todo el Principado. Al viajero le gustaría ver a las capitales más flacas y a los pueblos más vivos y lozanos".

Y a mí también, don Camilo. A mí también. Sin embargo, las cosas son así, aunque a usted no le gusten. Vamos con otro bello ejemplo:

"En Erillavall, un imaginero del siglo XII esculpió un San Juan y un Descendimiento (...). Ahora están en Barcelona, en el Museo de Arte de Cataluña, el osario que guarda -embalsamado y burocratizado- gran parte del tesoro artístico que fue de los pueblos donde Dios los puso y que acabó devorando la ciudad. Al viajero le duelen en el alma estos peculados legales, inmorales e impolíticos, que se hacen en nombre del Derecho administrativo y volviendo grupas a la Historia"

Pero ya saben ustedes, amigos lectores, que no hay tres sin cuatro. Así que pongan atención:

"Las pinturas de los ábsides de Santa María y San Climent -y todo lo que los funcionarios pudieron despegar de sus paredes- están ahora (¡caliente, caliente!) también en el Museo de Barcelona".

Después de conocer estas atrocidades en Lérida y Barcelona, en que las ciudades han usurpado con alevosía a los pueblos todo lo posible y lo imposible, ¿a qué podemos aspirar los garachiquenses?, ¿qué tendremos que hacer para que otra capital, llamada esta vez Santa Cruz de Tenerife, nos devuelva nuestros protocolos notariales, sacados de la Villa y Puerto en los años sesenta?

-A mí se me ocurre, tío, que habrá de presentarse donde haya que presentarse, pero no con las manos vacías, sino con una metralleta que tenga el gatillo bien engrasado.

-¡Por favor, Lolo! No seas vándalo, ¿me oyes? ¡No seas vándalo!

-Pues no te quejes entonces.

 

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