7 de junio, viernes.
Aunque abonados a los conciertos de la Orquesta Sinfónica de Tenerife, la O.S.T., al matrimonio Miranda le resultaba a menudo difícil acudir juntos a los que ofrecía casi todas las semanas en el Teatro Guimerá. Las ocupaciones del inspector lo mantenían de servicio muchos viernes por la tarde, en cuyo caso Laura, su mujer, invitaba a alguna amiga para que la acompañara. Pero aquel día, aunque Miranda no tenía el ánimo, según le manifestó a su mujer, "para músicas de ninguna clase...", ella le vio tan decaído que se empeñó en que le acompañara. El programa, muy atractivo -las oberturas de "Fidelio" y "Coriolano", así como "Las ruinas de Atenas", todas de Beethowen, y la Quinta de Chaicovsky-, convenció al final al inspector y accedió a ir con ella.
Como último concierto de la temporada el Guimerá presentaba un aspecto extraordinario. La bombonera, como lo llamaban cariñosamente los chicharreros, dejaría de ser sede de los conciertos de la O.S.T. a partir de la siguiente temporada, pues el Auditorio que se construía en la avenida de la Constitución se esperaba que estuviese inaugurado para entonces. La temporada 2002-2003 sería pues la última que se celebraría en el bello recinto, y se pretendía que su programación fuese un homenaje al lugar que tantas horas de placer había proporcionado a sus habituales asistentes, muchos de los cuales en el fondo, aun comprendiendo la necesidad del traslado por su escaso aforo, lo lamentaban.
Tuvo razón Laura al insistir ante su marido para que asistiera al concierto. Allí se encontraron con innumerables amigos y conocidos, como ellos asiduos asistentes a aquellos eventos musicales, con lo que logró que el inspector olvidase durante unas horas los problemas y disgustos que le proporcionaba la investigación de las muertes de Solís, el "Pulpo!", el "Miserias" y Escobar. Como era de esperar el concierto resultó apoteósico, pues el público que llenaba el recinto quiso premiar con sus ovaciones la espléndida temporada que la orquesta había ofrecido. Al final, ya Miranda con mejor estado de ánimo, aceptaron la sugerencia de tres matrimonios amigos y todos se dirigieron a cenar a uno de los restaurantes que no hacía mucho tiempo se había abierto en la cercana calle El Clavel. Otras parejas y grupos de amigos habituales en los conciertos habían tenido la misma idea y el establecimiento estaba totalmente ocupado, pero una vez más el hecho de que el dueño conociera a Miranda hizo posible que les prepararan una mesa en un reservado del primer piso. Allí hablaron de música, política, deportes y religión, en una mezcolanza de temas que permitió al inspector apartar totalmente de su mente los crímenes que le preocupaban, de tal modo que llegó a su casa, a pesar de que eran casi las dos de la madrugada, con el ánimo rejuvenecido. Además, tenía el sábado y el domingo libres, por lo que podría permitirse el lujo de permanecer en la cama un par de horas más. El sábado Laura y él habían previsto realizar algunas compras para la casa, ir a una agencia de viajes para decidir dónde podrían pasar sus vacaciones aquel verano y, para acabar la mañana, almorzar en el Roma, uno de los restaurantes más populares de las ramblas, y en cuanto al domingo, Dios diría. Serían, en definitiva, un par de días diferentes a los demás que le permitiría llegar al lunes con nuevas ínfulas para enfrentarse al caso que, tanto a él como a Pardo, los tenía tan desconcertados.
8 de junio, sábado
Pero como bien dice el viejo refrán español, 'el hombre propone y Dios dispone'. Aunque debido al cansancio del día pocos minutos después de acostarse Miranda dormía profundamente, ello no fue óbice para que al filo de las seis, antes que el sol apareciera en el horizonte, una idea comenzó a bullir en su subconsciente e hizo que se despertara con el corazón latiéndole aceleradamente. Una idea que debió habérsele ocurrido desde el principio de la investigación de aquel caso -aunque repetidas veces Pardo y él comentaran la impresión que tenían de llevarla por un camino equivocado-, pero que sin embargo se había mantenido oculta a la espera de que su profesionalidad la considerara. Nada más pasársele por la cabeza, permanecer más tiempo en la cama resultaba absurdo; no podría dormir más y despertaría a Laura con sus movimientos. Se levantó entonces procurando no hacer ruido y se dirigió a su despacho, una pequeña habitación donde solía aislarse cuando algún asunto le preocupaba. Su mobiliario era escaso: una mesa de trabajo, otra más reducida para el ordenador y una librería cuyos libros abarcaban las más diversas materias, aunque destacaban los títulos relacionados con su profesión. En la pared opuesta se abría sobre la calle una ventana, que abrió porque a pesar de la hora se notaba algo de calor. Con signos de impaciencia, encendió el ordenador y a continuación comenzó a escribir a toda prisa las ideas que habían venido a su mente nada más despertarse. Basándose en ellas, resumió el curso de los acontecimientos que, según su criterio, podían haber tenido lugar desde el hallazgo del cuerpo sin vida de Manuel Solís. Una a una consideró las circunstancias de su muerte y la de los otros tres implicados, analizó las razones que las pudieron producir y se recriminó a sí mismo por no haberse dado cuenta de ello desde el primer momento, no a raíz de la audición del concierto de la O.S.T. del día anterior. Ciertamente existían todavía muchos detalles que deberían ser explicados por el culpable cuando lo detuvieran, aunque el principal problema de su teoría radicaba en que carecía de pruebas; aquel, con mucha habilidad, había tenido la precaución de eliminarlas. De todas maneras, Miranda esperaba que, enfrentado con los hechos, acabaría confesando sus delitos. Tendría que emprender una serie de acciones que servirían para confirmar sus suposiciones, así que redactó a continuación otro escrito, éste más escueto y preciso, a fin de dárselo a Suárez y Menéndez para que ellos se encargaran de realizar las investigaciones que en él se detallaban. Con un poco de suerte en sólo un par de días podría tener a su disposición los datos que precisaba, así que tendría que ser muy cuidadoso durante ese período para que el culpable no se percatara de su interés por él.
Cuando terminó y regresó al dormitorio, Laura lo oyó entrar y lo miró somnolienta y sorprendida. Frotándose los ojos le preguntó:
-¿Dónde estabas? Pensé que te habían llamado de la comisaría por alguna urgencia...
-No, estaba en mi despacho. Me desperté temprano pensando en el dichoso caso de las momias.
Aunque por discreción Laura nunca le preguntaba por las investigaciones que llevaba a cabo, cuando intuía que él deseaba hablar de ellas lo hacía manteniendo no obstante cierta cautela para que no se viese obligado a confesarle lo que se consideraba como 'secreto del sumario'.
-¿Cómo te va con ellas? -le preguntó mientras se sentaba en la cama-. ¿Has hecho progresos?
-Creo que lo tengo resuelto -respondió su marido sentándose a su lado con una amplia sonrisa en su rostro-. Precisamente he estado en el ordenador haciendo un pequeño informe para presentárselo a Estévez el lunes; antes quiero comentarlo con Pardo. Y ¿sabes una cosa? Aunque te parezca mentira, si todo sucedió como creo, la solución me vino a la mente gracias a ti.
-¿Gracias a mí? -La sorpresa que se reflejó en el rostro de Laura fue mayúscula-. No lo entiendo...
-Sí, por haber insistido en que fuésemos ayer al concierto -respondió su marido besándola suavemente en los labios-. Una de las obras que se interpretaron hizo que recordara unos acontecimientos pasados y me indicó la solución...
Aquel sábado también Pardo tenía el día libre. Miranda le telefoneó poco después de las diez y lo puso al corriente de la teoría que había urdido, que Pardo compartió entusiasmado de inmediato. No obstante consideraron conveniente discutirla con más detalles antes de poner en marcha el próximo lunes las medidas convenientes para confirmarla, de modo que quedaron en verse a las dos de la tarde, acompañados de Laura y Carmen, en el restaurante situado en la terraza del Casino de Tenerife, desde el que podía contemplarse una espléndida vista de la entrada portuaria de la ciudad.
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