LLEGADOS A ESTAS FECHAS todos los dedos del recuerdo se nos vuelven huéspedes de los balances. La memoria inmediata se empeña en aquilatar si lo que ha pasado en el año que se acaba ha sido bueno o malo para el país, para la sociedad, para la economía, para la marcha hacia el futuro? Los balances particulares, los de cada cual (salud, dinero y amor) los hace uno mismo en la íntima mismidad de las entretelas y tampoco hay por qué andar aireándolos. Son los analistas y los politólogos mayormente los que se columpian (a veces) en los balances de marras.
A los gobernantes en el machito las cuentas siempre les salen bien y alardean de lo bien que lo han hecho y de las perspectivas optimistas que se contemplan con sólo asomarse a los ventanales, que a muchos nos parecen ventanucos, del porvenir. Para el personal del común, a uno le da en la nariz y hasta en la columna vertebral (que es la que me duele cuando se anuncian malos tiempos), las cosas no están tan claras, el balance resulta inquietante, y si el año que se abre para estrenar calendario aparece oscuro y crítico, el recuento de lo sucedido durante el que moribunda no es para echar las campanas al vuelo. Entres otras cosas, porque moribundeó con un atentado tremendo -el que le costó la vida a Benazir Bhutto en Rawalpindi- que va a tensar más los conflictos en una zona que irradia irremisiblemente sus problemas hacia el resto del planeta con consecuencias casi siempre impredecibles. Económicas también, que conste.
Pero, a uno el balance de lo que ha sucedido en el país -en éste quiero decir- le arroja, si quieren que les diga, un resultado chungo, pese a los triunfalismos de la oficialidad. A uno le da la impresión de que, año tras año y más en este 2007, y conforme vamos profundizando en la democracia -frase bonita donde las haya- perdemos paradójicamente calidad y seguridad democrática. Se nos recortan las libertades, se nos arrebatan derechos de toda la vida y se legisla a través de un proteccionismo simplón que interviene, incluso, en aspectos de nuestra existencia privada demasiado personales. Preocuparse por la violencia doméstica es natural y lógico. Buscar soluciones legales para afrontarla, también (sin caer en discriminaciones e injusticias, ojo). Pero, demonizar hasta en el código penal el cachetón paterno parece excesivo. Hemos pasado de no poder fumar y de andar con mucho cuidadito a la hora de beber, a tener que contenernos a la hora de aplicar un pescozón educativo al menudo de la familia con el mero objetivo de que aprenda a comportarse. Y continuamos no ya siendo cada vez más sospechosos (basta con considerar cómo nos tratan en los controles de pasajeros de los aeropuertos), sino que hemos entrado ya, definitivamente, en la categoría de delincuentes habituales si es que tenemos la ocurrencia de comprarnos un cedé, un deuvedé o cualquier artilugio con el que se pueda copiar, escuchar o ver, un disco, un canción, una película? El famoso canon audiovisual acusa a la población al completo, sin distinción alguna de clases, sexo o ideología, de piratas. Retrocedemos como los cangrejos. Si nos referimos a Canarias, vamos de culo en tantas cosas, lideramos de tal modo las estadísticas más negativas (salarios, embarazos no deseados, precariedad laboral, precios, desempleo, fracaso escolar?) que parece imposible nos pueda ir peor en los años próximos. La actuación de nuestros políticos jamás ha sido más sonrojante. La actividad parlamentaria causa estupor cuando no vergüenza. Y la desplegada (es un decir) por nuestro pequeño presidente no se queda atrás. Y hasta el obispo de la diócesis, a quien creía inteligente (a veces, la inteligencia consiste en no decir las barbaridades que se piensan) cae en la tentación de afirmar que hay menores que tientan. ¿Y para qué está el Padrenuestro, don Bernardo?
Mejor no seguir enumerando, vale. Esperemos que el año 2008 sea mejor. Todos los años electorales lo son. Los partidos, cuando se acercan estas citas y estas batallas, mueven un montón de pasta. Y a comicios revueltos, ganancia de pescadores.
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