Concluye el año 2007 en plenas vísperas electorales, y con pronóstico incierto si hay que hacer caso a los sondeos de intención de voto. La semana que viene será el momento adecuado para hacer conjeturas sobre lo que nos aguarda en 2008; la tradición periodística señala que el la última semana procede hacer balance de la situación tras los últimos doce meses, y a este vistazo panorámico van dedicadas las líneas que siguen.
Tres hechos o procesos relevantes, que vienen desde que Rodríguez Zapatero llegó a La Moncloa, han protagonizado el año que termina: la unidad de España amenazada, el fortalecimiento de la ETA y el intento de inventarse una nueva sociedad sin religión, sin familia, sin otra moral que la "políticamente correcta" y basada en una antropología disparatada.
El Estatuto de Cataluña
La obsesión de Rodríguez por aislar políticamente al Partido Popular lo ha echado en brazos de los nacionalistas, hasta el punto de hacer lo imposible por sacar a flote un Estatuto de Cataluña inconstitucional de la cruz a la raya, en la quimera (otra más) de que por decir que es constitucional ya pasará a serlo por arte de magia, y que eso no traerá consecuencias. Para que el Estatuto se aprobase en el Parlamento de Cataluña, Rodríguez traicionó a Esquerra Republicana prometiendo a Convergència i Unió el poder autonómico si lo aprobaba; pero una vez aprobado, no le importó que el socialista Montilla traicionase a CiU pactando de nuevo con Esquerra Republicana y los comunistas, dejando al partido más votado en la oposición una vez más. Ése es Rodríguez Zapatero.
El Tribunal Constitucional tiene sobre la mesa varios recursos de inconstitucionalidad contra ese Estatuto, que ya ha empezado a infectar a proyectos de otras comunidades autónomas, dejando la Constitución hecha jirones cada vez más. Todos los síntomas indican que los magistrados están dominados por el pánico de pasar a la historia como los que provocaron, con una sentencia contraria, reacciones imprevisibles en Cataluña y el resto de España, y preferirán salir del paso como puedan, desplazando las responsabilidades a quienes tengan que interpretar el Estatuto y la propia sentencia, deliberadamente ambigua. Si eso ocurriese, lo más probable es que muchos piensen que estos desastres se deben a la democracia, y no a una pésima administración de sus mecanismos. Mal negocio: eso sería una verdadera fábrica de antidemócratas.
La ETA sigue ahí
Empezó 2007 con el impacto del bombazo de la ETA que mató a dos hombres y destrozó la terminal T-4 del aeropuerto de Barajas. Desde entonces, el Gobierno de Rodríguez Zapatero no ha dejado de comportarse de esta doble manera: por un lado, afirmando que el proceso de negociaciones con la banda asesina se ha terminado; por el otro, negándose a producir hechos políticos claros y, en lo posible, irreversibles que impidan futuros contactos del Estado con los criminales, como, por ejemplo, revocando el acuerdo del Congreso que autorizaba al Gobierno a negociar con la ETA si la banda "abandonaba la violencia". Esta doble cara la sigue manteniendo hasta ahora mismo, incluso después del doble asesinato de Capbreton en el que la ETA dio muerte a dos jóvenes guardias civiles disparándoles en la nuca y a bocajarro.
La perspectiva de Rodríguez Zapatero de volver a negociar con la ETA se mantiene, y la ETA sigue ahí como un cebo para las "ansias infinitas de paz" de un presidente tan irresponsable como contumaz. Hay detenciones de terroristas, la Justicia sigue su curso lento pero inexorable; podría parecer que las cosas han cambiado, pero no es así. Los asesinos comprenden que, del mismo modo que ellos no consideraron terminado el proceso tras la bomba de la T-4, ahora el Gobierno quiera presionarlos dada la proximidad de las elecciones, y saben igualmente que nunca más encontrarán otro Gobierno más débil y claudicante que éste. La lógica de las personas normales no rige en este tipo de contactos.
Objetores por miles
La ensoñación quimérica de Rodríguez Zapatero de fabricar una especie de "hombre nuevo" que responda a los esquemas delirantes de la "corrección política" se ha concretado este año en la imposición de una asignatura para todos los niños españoles de 3 a 18 años, llamada Educación para la Ciudadanía. Se trata con ella de inocular obligatoriamente en las mentes de niños y adolescentes una visión del hombre, de la familia, del sexo y de la vida sin anclaje alguno no digamos en la trascendencia, sino en una antropología realista, y todo eso por encima del derecho de los padres a educar a sus hijos conforme a sus creencias y convicciones.
La resistencia de amplios sectores sociales a esta imposición se ha traducido en millares de negativas de padres a que sus hijos reciban esta instrucción deformante, alegando objeción de conciencia, obviamente mucho mejor fundada que las que hubo contra el servicio militar, y que dieron lugar a que la Constitución incluyese la figura de la objeción en su texto como derecho básico de todo ciudadano.
En materia educativa, este Gobierno ha cosechado las más numerosas y multitudinarias manifestaciones de protesta, incluyendo aquellas dos marchas por el madrileño paseo de la Castellana de principios de la primera Legislatura socialista, siendo ministro José María Maravall. Muy irritadas tienen que estar estas gentes más bien reacias a salir a la calle para protagonizar iniciativas de este porte.
Hay más aspectos dignos de comentario, desde luego, pero basten esos botones de muestra para poner de relieve la insensatez de este presidente, y también la lamentable entidad política de quienes, sin estar de acuerdo, han preferido colaborar con todos estos despropósitos antes que llevarle la contraria. Muy humano, sí, pero en el sentido de muy defectuoso y de baja calidad.
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