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DESDE DENTRO RICARDO PEYTAVÍ

La propina del loro

18/dic/07 07:33
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En algunos países, y no voy a citar cuáles porque tampoco hace falta, el personal de las cafeterías y hasta de los restaurantes lujosos recibe la mayor parte de su salario -o inclusive el cien por cien- mediante las propinas de los clientes. Si no los atienden bien, no cobran. Salvo en España y territorios afines, nadie se siente obligado a recompensar un servicio que no ha recibido; o que le han prestado de forma incorrecta. Aquí, en cambio, al que no deja propina lo miran mal. O directamente queda como un miserable. Ciertamente puede que la situación se modifique un poco tras la reflexión del ministro de Economía sobre ese medio euro, o euro entero, dejado de más en el platillo de la cuenta para redondear el importe del café y la cañita de sifón a media mañana.

A uno, que jamás recibe propinas por su trabajo, le cuesta entender tanta generosidad por parte del común de los parroquianos cada vez que entra en el bareto de la esquina. Dicho sin rodeos, no soy nada entusiasta de la propina. Actitud que comparten la mayoría de ustedes aun sin darse cuenta, pues no es habitual dejar propina, por ejemplo, en una gasolinera. O cuando compran un traje. O cuando pasan por la caja del supermercado. Si nos detenemos un momento a pensarlo, son infinitamente más numerosos los bienes o servicios que pagamos escuetamente, que aquellos otros a los que añadimos una gratificación. Carece de sustrato estadístico, por lo tanto, la reflexión del ministro Solbes sobre la causa del encarecimiento de la vida. Aunque algo de razón sí que tiene. En todas las estaciones de servicio figura el precio de los combustibles. Cualquier conductor puede saber cuánto le va a costar cada litro de gasolina antes de repostar. En un vano intento por contener los precios en este, hoy por hoy, mercado libre del petróleo, el Ministerio de Industria ha habilitado una página web con todas las gasolineras de España, en la que se pueden localizar aquellas que venden más barato. Díganme ustedes cuántos usuarios miran los precios antes de comprar.

Nos quejamos mucho pero actuamos poco. Líbreme Dios de iniciar ahora una campaña contra la propina, máxime en estas fechas de dispendio. No tendría sentido, sobre todo porque el problema de fondo no son unos céntimos de gratificación -eso es el chocolate del loro-, sino haberle perdido el respeto al dinero. Acaso un efecto secundario de década y media de bonanza económica, si bien desde hace meses se vislumbran nubarrones negros -cada vez más negros, por cierto- en el horizonte. El ladrillo ya no renta tanto y el paro crece. Tal vez haya llegado el momento de apretarse el cinturón, aunque lo dudo.

Lo dudo porque con el ahorro ocurre algo parecido que con el cambio climático. Para dejar realmente de calentar la atmósfera debemos parar la industria planetaria. Lo cual provocaría millones de conflictos locales, cuando la gente empiece a pelearse hasta por un litro de gasolina. Es decir, nos acabaríamos antes de que subiese el mar y nos ahogase. Del mismo modo, si dejamos de gastar en esta economía del consumo que se ha establecido en España, provocaríamos una hecatombe de peores consecuencias que un punto más o menos de inflación. Esta es la lamentable situación que hemos creado nosotros solitos.

rpeyt@yahoo.es

 

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