SOSTENGO que la indiferencia, en unos casos, y la indisciplina, en otros, que muestran hoy muchos de nuestros alumnos es consecuencia directa del ambiente familiar y social en que éstos se desenvuelven, pero que también tienen mucho que ver con la actitud humana y profesional de demasiados docentes ante sus alumnos. Me refiero a una actitud que viene determinada por la escasa consideración profesional que el docente recibe de la Administración educativa y, como consecuencia, de la sociedad en general. Hemos pasado de la casi sacralización de la figura del profesor -atribuyéndole una autoridad excesiva fuera y dentro del aula- a poco menos que su ninguneo social como profesional de la formación de nuestros hijos. Aunque también es posible -todo hay que decirlo- que esta desconsideración se la haya ganado a pulso no pocos de esos mismos profesores.
Por eso pienso que hay que combatir, desde la Administración y desde todos los ángulos de la sociedad, ese desánimo, ese desarraigo y esa falta de orgullo e ilusión que el ejercicio de la docencia exige para que realmente sea fértil y hermoso. Con esa moral y ese espíritu profesionales menoscabados ningún docente podrá despertar a sus alumnos el interés por su asignatura. Hay que devolver al docente el orgullo de ser maestro o profesor. El que enseña debe estar interesado en enseñar, para disfrutar enseñando, y el alumno interesado en aprender, para asimismo, experimentar el placer aprendiendo. Sin alguna, o sin ninguna, de estas premisas, no hay, en materia instructiva y educativa, nada que hacer. Por eso hay que identificar, para corregirlas, las causas o circunstancias sociales que permiten la existencia de ese desinterés o de esa desmotivación en alumnos y profesores.
Influye, asimismo, en nuestro fracaso escolar, la pluralidad lingüística y la diversidad cultural que habitan hoy las aulas canarias. Porque no es fácil enseñar ni educar con éxito a alumnos de distintas procedencias idiomáticas y culturales (incluidas las religiosas y políticas) sin disponer de los recursos -humanos, técnicos y económicos- que permitan una imprescindible y mínima adaptabilidad de los alumnos inmigrantes al nuevo medio natural y social donde se desenvuelve su vida en colectividad. Además, la inmigración en las Islas está constituyendo un serio problema a la hora de garantizar el derecho constitucional (de españoles y comunitarios) y el simplemente humanitario (de los inmigrantes ilegales de cualquier procedencia) a la escolarización, además de a un techo y a una alimentación.
No es preciso ser un experto sociólogo, didacta o pedagogo para entender que el fracaso escolar no puede combatirse sólo a golpes de cambios de legislación sino detectando sus causas para corregirlas o eliminarlas. Tampoco para saber que ninguna ley educativa, ningún plan de estudios, diseño curricular o recurso o técnica didáctica deparará rendimientos educativos aceptables si no se cuenta antes con los auténticos instrumentos de actuación educativa dentro del aula, que son los profesores con su imprescindible formación y motivación permanentes. Tal vez por eso, por no haber diseñado las leyes y las técnicas educativas teniendo más en cuenta la realidad de alumnos, familias y profesores, no hayamos logrado aún el modelo educativo que evitará el alto índice de fracaso escolar que en la actualidad soportamos.
No quisiera concluir este artículo periodístico sin afirmar, más concretamente aún, con rotundidad y sin ambages, que para combatir este fracaso escolar que padecemos hoy en las Islas hay que devolver al profesorado urgentemente la dignidad social y profesional de la que nunca debió ser desposeído; hay que dotar a los centros educativos del personal cualificado necesario para evitar que las influencias negativas -sicológicas, sociales, etcétera- que los alumnos reciban de sus hogares impidan su aprendizaje; hay que recuperar para el aula el clima de sosiego, respeto y disciplina del que todo acto de comunicación didáctica se alimenta.
También hay que conseguir que sean cada vez menos los hombres y mujeres que se vean de pronto en un aula frente a 20 ó 30 alumnos sólo porque, de alguna manera, hay que ganarse la vida; que incorporen a los planes de estudios universitarios cursos de cualificación didáctica y pedagógica para los licenciados que van a dedicarse a la enseñanza; que acometan con valentía y realismo -y en colaboración con asociaciones de padres y madres, y de vecinos- actividades complementarias de integración y de formación cultural para nuestros alumnos; que se restituya en el aula el clima de rigor y estudio, imprescindible para la evolución de cualquier proceso de aprendizaje.
No creo que el filósofo Fernando Savater tenga toda la razón al afirmar que en nuestro país lo que hacen falta son maestros que ayuden a pensar a los jóvenes por sí mismos, e intelectuales que traten a los demás como si fueran sus iguales. Es posible que acierte en lo segundo, pero creo que yerra en lo primero, porque: ¿cómo desde el desamparo, la desmotivación y el desarraigo profesional, que actualmente padecen, van a poder los maestros fomentar el pensamiento propio entre sus alumnos?
Apenas nos queda el consuelo de recordar a la escritora sudafricana Nadine Gordimer cuando dice que el derecho a la educación es tan esencial como el derecho al agua o al aire. O como el derecho a amar. Porque enseñar y educar también es un ejercicio de comunión y comunicación en un clima de libertad y sinceridad. ¿Habrá que concluir, entonces, reconociendo que el fracaso escolar, en definitiva, no es sino la consecuencia de un acto de desamor?
© Editorial Leoncio Rodríguez, S.A. Avda. Buenos Aires 71, S/C de Tenerife. CIF: A38017844.