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DESDE DENTRO RICARDO PEYTAVÍ

La cultura del derroche

13/dic/07 01:31
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Resulta un tanto paradójico que mientras se celebraba en Londres una reunión sobre el cambio climático -una de tantas-, se inaugurase la ostentosa iluminación navideña de las calles. Un despilfarro de bombillas que sólo se diferenciaba de la correspondiente al año anterior en su mayor dimensión. Lo más grotesco del asunto, empero, es que ambos acontecimientos -cónclave y encendido de luminarias- no fue ayer, 12 de diciembre, diez días antes de que comiencen las fiestas propiamente. Nada de eso. Las calles de Londres están alumbradas con inusual intensidad desde principios de noviembre.

La capital británica queda un poco lejos. A menor escala, pero no con menos hipocresía, en Canarias ocurre lo mismo. Cierto que todavía no hemos llegado al disparate de comenzar las Navidades el 1 de noviembre, pero todo es cuestión de paciencia. La otra noche di un paseo por algunas localidades tinerfeñas. Derroche por doquier. A las once ya no había nadie en las calles -el día siguiente era laborable-, pero las luces adicionales seguían encendidas. Un viernes o un sábado, con las aceras repletas de transeúntes a esas horas, podría entenderlo. A mitad de semana, metido ya el vecindario en sus casas, no. El Gobierno de Canarias carece de competencias en determinados asuntos municipales. Los adornos festivos, por ejemplo. Haría bien, empero, si recomendase cierta mesura en este aspecto. Al menos para que la preocupación de Paulino Rivero, que incluso ha creado un departamento destinado al seguimiento del cambio climático, no se quedase en palabras huecas.

El derroche navideño, sobra repetirlo, no se limita a un mayor consumo de energía. Me pregunto qué pensarán en ese continente menesteroso que tenemos a cien kilómetros de distancia, cuando se enteran de que aquí nos gastamos 50.000 euros en 15 minutos de fuegos artificiales. En realidad, no hace falta que me lo pregunte porque lo sé. Supongo que lo saben también, aunque no lo dicen, cada uno de los individuos integrados en esa pléyade de fariseos, prestos a rasgarse las vestiduras -o escribir libros que apalabran por adelantado con cualquier organismo público donde tienen al amigo-, porque viste mucho echarse las manos a la cabeza ante el drama africano. Los mismos cínicos que, cuando toca, van de ecologistas por la vida, eso sí, en un potente todoterreno que contamina el doble y consume el triple que un utilitario. O viven en una mansión veinte veces más grande que la media de los norteamericanos, que ya es decir, como Al Gore: un aprovechado del asunto que pudo haber hecho algo importante, si realmente hubiese querido, cuando era vicepresidente del país que más contamina.

La mayor paradoja es que el problema del dispendio carece de solución sencilla. Los comerciantes, estén donde estén, necesitan imperiosamente que se instaure un ambiente navideño cuanto antes para aumentar sus ventas. Las cornadas de una crisis económica son más inmediatas que las del calentamiento global. Ahí están los resultados de la cumbre de Bali, por si alguien lo duda. En fin, por lo menos sigámos reuniéndonos.

rpeyt@yahoo.es

 

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