LA HISTORIA reciente de la educación en Canarias -también en el resto del país- es la historia de un permanente tira y afloja, de reformas y contrarreformas, de revisiones de planes y diseños curriculares, de cuentas nuevas y vueltas otra vez a empezar. Desde el año 1970, en tiempos del ministro Villar Palasí, impulsor de aquella Ley General de Educación (LGE), hemos recorrido un tortuoso camino en busca de una oferta pública de enseñanza que diera justa respuesta a los legítimos intereses de padres, profesores y alumnos como protagonistas de nuestra diaria realidad escolar.
A aquella Ley de 1970 siguieron la de Ordenación General del Sistema Educativo (LOGSE), la Orgánica del Derecho a la Educación (LODE), y la última, la Orgánica de Calidad Educativa (LOCE) cuyo calendario de aplicación ha sido paralizado por el actual Gobierno socialista para sustituirlo por el vigente texto normativo que lleva el nombre de Ley de Ordenación Educativa (LOE). Ninguna de esas tentativas ha servido para lograr una legislación definitiva en materia educativa que nos haga competitivos entre nosotros y en el marco español y europeo a la hora de cualificarnos científica, técnica y humanísticamente.
Las asociaciones de padres de alumnos laicos (CEAPA) y católicos (CONCAPA) advirtieron siempre que ninguna reforma educativa tendría éxito si no garantizaba una participación real y directa de las familias en el proceso educativo, y han retado a los Gobiernos habidos en estos últimos treinta años a debatir públicamente cuestiones claves como la enseñanza de la religión, la prueba de madurez al final del Bachillerato, las condiciones de promoción de un curso a otro, los diseños curriculares o las relaciones del Gobierno con los colegios públicos y privados y de éstos entre sí.
La Federación Española de Religiosos de la Enseñanza (FERE-CECA) ha denunciado politización y falta de pluralismo de los consejos escolares. El Sindicato de Estudiantes (SE) sigue desafiando al Gobierno a que apueste más por la enseñanza pública frente a la concertada, y la patronal de colegios privados (CECE) también insiste en reclamar para los padres el derecho a elegir el tipo de centro donde han de estudiar sus hijos. Por su parte, los sindicatos persisten en reclamar una reforma del estatuto de la función pública docente que devuelva al profesorado la moral y la dignidad profesional que nunca debió perder en el ejercicio de su trabajo.
Ahora, un demoledor "Informe PISA 2006" (Programa para la Evaluación Internacional de Alumnos), realizado por la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE) ha "suspendido" a España en educación entre 57 países "evaluados" de todo el mundo y ha situado a Canarias como la Comunidad autónoma española donde se registra mayor fracaso escolar, después de las ciudades de Ceuta y Melilla. Se trata de un diagnóstico duro, ciertamente, pero avalado por el rigor y el prestigio de la OCDE. Un diagnóstico que tenemos que asumir si no queremos seguir engañando a los demás y a nosotros mismos. Un diagnóstico que nos permite conocer con rigor la patología del enfermo, y, consecuentemente, la terapia para su recuperación.
Las altas tasas de fracaso escolar que sufrimos hoy en estas Islas nuestras no tienen que ver tanto con la masificación de las aulas, con elevadas ratios profesor-alumno, ni con la falta de infraestructuras escolares. Las causas que determinan el bajo rendimiento actual de nuestros alumnos son diversas y no siempre de fácil localización. Pero todas ellas tienen que ver con las actitudes del profesorado y del alumno del aula, con el ambiente familiar y social donde a diario se desenvuelven los estudiantes y con la consideración que tiene el profesorado ante la Administración y ante la sociedad. De la interacción y eficacia de esos cuatro agentes educativos depende el nivel de progreso de los estudiantes.
Para combatir el fracaso escolar creo que tenemos que empezar por reivindicar con fuerza al maestro que, además de transmitir conocimientos, enseñe a pensar sobre lo aprendido, que pueda y sepa transmitir y despertar el placer por la lectura, la sabiduría y el conocimiento. Incluso a dudar de lo aprendido para, de esta manera, seguir pensando y, por tanto, aprendiendo. No hay que olvidar que Ortega dijo: "Siempre que enseñes, enseña a la vez a dudar de lo que enseñas". Y que Ramón Trujillo Carreño, catedrático emérito de Filología de nuestra Universidad lagunera, nos ha advertido con lucidez y acierto: "La duda es el origen natural del pensamiento y la certeza, el resultado de su ausencia". Por otra parte, hay que combatir la dimensión burocrática que se le está atribuyendo hoy al profesor en detrimento del carácter creado que debe caracterizar a toda labor docente.
Podría afirmarse sin peligro a errar que el fracaso escolar es alto cuando el alumno -que es, junto con el profesor, el protagonista principal del fenómeno educativo- muestra poco o nulo interés por sus estudios. Porque ya se sabe que para que la vida resulte interesante, como dice el sicoanalista alemán Erich Fromm en La atracción de la vida, uno tiene que estar interesado. También, para que los estudios interesen a los alumnos éstos tienen que estar algo interesados en ellos. Entonces lo que hay que preguntarse es por qué los estudiantes tienen hoy tan poco interés en sus estudios y por qué son tan indiferentes dentro del aula. Y en la búsqueda de esa respuesta hay que mirar, no sólo para ellos mismos, sino también para sus profesores, para sus padres, para la Administración educativa y para la sociedad en general.
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