RANÓN era un sapo gigante que anhelaba tocar el cielo, pero sus habilidades para el salto apenas le daban para alcanzar la copa del árbol más pequeño de la ciénaga. Una tarde decidió que había llegado la hora de atrapar todos los sueños posibles que le encumbraran en su cima más codiciada, aquella que traspasa la Vía Láctea cuando las estrellas parecen emular la lluvia, pero, al mismo tiempo, era consciente de que necesitaría de un ángel que le prestara sus alas para tan difícil propósito. Cabizbajo y meditabundo entornó sus párpados y abrió su enorme boca para aspirar las fantasías suspendidas en el aire que le ayudarían a soportar la pesadez de la tierra, y esperar a quien le convertiría en un serafín. Cuando despertó, se sintió aliviado, y se dijo para si con sorna, "los príncipes encantados no vuelan".
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