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"Cuentos y vivencias de un tinerfeño de los 50", de José Manuel Hernández Frías

7/dic/07 01:10
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Edición impresa .

En el marco del salón de actos de la Casa de Venezuela termina de presentarse el primer libro de relatos cortos del actor José Manuel Hernández Frías, un libro de vivencias de su niñez que, entremezclado con una buena dosis de fantasía, hace que el lector se anime a no cerrar el libro hasta leer la última página.

En la contraportada del libro ya se nos pone en guardia con una serie de destacados sucesos, acontecimientos que, según nos cuenta el propio autor, marcaron su camino; un camino que le conduciría a comunicarse a través de la palabra escrita o sobre el escenario de un teatro para interpretar a distintos personajes que bullían en su interior desde muy pequeño, utilizando este arte como válvula de escape en su existir.

También hizo amigos muy importantes en los distintos colegios donde estudió: Quevedo, Cervantes, Calderón de la Barca, Santa Teresa de Jesús o Fray Luis de León son algunos de ellos; así que, comprobamos que no se codeaba este niño con cualquiera, aunque después de pasar por colegios religiosos y centros privados, como si de una convergencia guiada se tratase, terminó en la Legión.

De esta forma transcurrió su infancia, adolescencia y juventud. Estuvo inmerso en varios grupos de teatro, redactando sus propios guiones y dirigiendo. Nada tiene de extraño, con esta trayectoria, que hoy haya metido la mano hasta el fondo en ese cajón de sastre que él llama corazón, y, desatando recuerdos, le haya dado a la moviola del tiempo entresacando una serie de vivencias que han conformado estos "Cuentos de un tinerfeño de los 50".

He leído el libro con suma atención y verdadero interés, puesto que tenía la siempre difícil, y al unísono, grata misión de presentar esta obra. He descubierto, ante todo y sobre todo, sentimiento, bonitos recuerdos de los años más hermosos de nuestra vida, la infancia. Siempre he pensado -lo hemos dicho más de una vez-, que la niñez es el marco donde se encuadra toda nuestra vida. El arte rodeó a José Manuel desde muy pequeño, de alguna manera oyendo cómo su tío Antonio tocaba la trompeta mientras él ojeaba aquellos garabatos que luego resultaron ser partituras. Todo esto, aunque nos parezca insignificante, va calando en el surco de nuestra existencia y algún día brotará el fruto casi sin darnos cuenta.

Esta mezcla de realidad y ficción que contienen los cuentos de José Manuel me ha hecho leer el libro casi de un tirón. Están escritos con una extremada claridad, abierto a todo entendimiento, rozando la sencillez y con la ternura a flor de piel.

El titulado Mi abuela María nos hace volver a unos felices años, a las chiquilladas y travesuras de la niñez, pero que, contadas con la pujanza que va marcando el lenguaje de nuestro flamante escritor, nos empuja a despachar uno tras otro los cuentos que componen el ejemplar. Así pasamos por: El duendecillo del sueño, El gato que quiso ser tigre, Diálogo de juguetes, El niño y la paloma, hasta los doce que componen la obra.

El libro llega a nuestras manos como un adelantado regalo de Reyes. José Manuel ha querido volver a ser niño reviviendo estos recuerdos que dormían atrapados en su memoria, pero que han querido despertar para, de alguna manera, acomodarse en su tiempo, ahora que a estas alturas de su vida puede permitirse algunas licencias, como él mismo nos apunta.

El autor vive en cada relato las distintas situaciones de un pasado feliz, entremezclando creación e imaginación en un entramado que a todos nos hace retroceder a fechas pretéritas.

José Manuel nos ha permitido recorrer de la mano de su palabra los vericuetos por donde se deslizan sus doce cuentos. Los compañeros de antaño han crecido, han tomado otros derroteros, pero él se ha rodeado de nuevos amigos que han surgido a través de los años y los ha conducido a su Estanque Dorado buscando aquellos pececillos de colores; esos amigos son: Mari Carmen Martín Mendoza, Juan A. López de Vergara y Batista, Balbina Rivero, Teresa de Jesús Rguez. Lara y José Manuel Fdez. Febles.

Ahora que estamos tan cerca de la Navidad, nos haremos niños y leeremos estos cuentos canarios escritos con el corazón por un tinerfeño de los 50 que ha comenzado, en este otoño que avanza, a sorprendernos con la magia de la palabra.

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