EN UN GESTO que es un envite fuerte y una maniobra un poco a la desesperada, el presidente de Bolivia, Evo Morales, anunció ayer un referéndum revocatorio, es decir una consulta en la que él, pero también los gobernadores provinciales, pondrían en juego sus cargos, de modo que el pueblo hable y diga lo que desea, con el compromiso de todos de aceptar su decisión.
La rápida negativa de la oposición, muy dispersa y de diversas extracciones pero reunida por su común hostilidad a la nueva Constitución, indica que es demasiado tarde para que los adversarios de Morales acepten nada que no sea, sencillamente, un procedimiento de decaimiento del proyecto constitucional que el próximo viernes será entregado al Congreso para validación.
Las reuniones de la Constituyente que ha redactado la nueva Carta Magna -que entiende abolir el Senado, ahora en manos de la oposición y permitirá la reelección de Morales además de asegurar jurídicamente ciertas políticas sociales del plan presidencial- se han desarrollado entre una inquietante agitación en la calle y han obligado a movilizar al ejército para proteger las sesiones. Y, lo que es peor, han causado algún muerto en los incidentes y ahondado la tendencia secesionista en la crucial provincia de Santa Cruz.
Esa región, expresión de la Bolivia más activa, desarrollada y moderna, se ha convertido en un bastión de PODEMOS (el primer partido de oposición) y del estado de opinión hostil a la política de Morales, tildada de indigenista, arcaizante y vengativa. El presidente, sin embargo, tiene fuerte respaldo en la mitad india de la población y de algunas formaciones políticas de la semiextinguida izquierda tradicional, confusa y atenta, por cierto, a lo sucedido en Venezuela en los últimos meses.
Santa Cruz, pero también Tarija, el Beni, Pando y Cochabamba forman de hecho un frente contra La Paz y está en discusión hasta la capitalidad (La Paz es sede del gobierno y el parlamento, pero el Supremo y el Constitucional están en Sucre, de modo que se da una confusión insostenible). La peligrosa regionalización de la crisis política añade un elemento de inquietud al proceso constituyente en marcha, que dista mucho de disponer de la holgada mayoría que estos trances aconsejan.
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