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COMENTARIO NACIONAL MANUEL ALCÁNTARA

La africanización de España

29/nov/07 07:37
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"EL CLIMA DE ESPAÑA se africaniza", aseguraba ayer en su portada el periódico de más difusión de este país. Obviamente, la noticia en cuestión hacía referencia a las negras conclusiones que un grupo de expertos había hecho llegar horas antes al presidente del Gobierno en La Moncloa, y que se sumaba a la regañina simultánea de la Comisión Europea a España, el país de la Unión que, junto a Italia y Dinamarca, menos ha hecho por reducir las emisiones de anhídrido carbónico en la lucha contra el cambio climático.

Sin embargo, el diagnóstico pesimista admite una extrapolación atribulada a otros ámbitos públicos: en estas vísperas preelectorales, la africanización de la política es también un hecho. Un hecho constatable a través de la evolución de acontecimientos que componen un mosaico cutre y decadente, en el que los vapores del zoco árabe -arrecia la subasta de las proposiciones seductoras al electorado- se mezclan con los efluvios de un parlamentarismo agraz y primitivo en el que la descalificación y el dicterio han sustituido hace tiempo al ingenio, la ironía y la creatividad.

Los acontecimientos políticos -es un decir- más resonantes de los últimos días son el fracaso del tercer intento de censura de la ministra de Fomento y el rechazo por el Tribunal Constitucional de una recusación de tres magistrados montada por el PP sobre una información falsa, probablemente urdida para servir de apoyatura a la maniobra. Resumir la crisis catalana de las infraestructuras -que es la obvia consecuencia de una postergación histórica que viene de décadas y que apenas ahora se quiere remediar a toda prisa- en los ademanes más o menos simpáticos de la ministra del ramo, que ha tenido que capear problemas técnicos de los que difícilmente se le podría culpar, es reducir la política a su mínima expresión y, hasta cierto punto, tomar por tontos a los ciudadanos. Porque la opinión pública catalana, bien visible a través de sus medios de comunicación, experimenta una decepción que se relaciona con la escasa calidad promedia de su clase política autonómica, con la hosquedad de la política estatal, con el surrealista proceso de reforma estatutaria que, tras dos años de divagaciones y merodeos, está todavía pendiente de la última palabra del Tribunal Constitucional.

Simplificar todo esto hasta el extremo de atribuir el desastre a la cabeza de turco de Magdalena Álvarez es poner en duda la capacidad de discernimiento de los catalanes, que cada día se preguntan con más curiosidad que interés cómo es posible un tripartito en el que sus miembros no paran de destriparse entre sí.

En democracia, los hitos electorales periódicos son el gran instrumento de la renovación y hasta de la regeneración del sistema. Y aquí, tenemos esta vez mucho que renovar y regenerar después de cuatro años de ruido y de furia causados por una gran confrontación que arranca del 11-M y que a punto ha estado de causar daños irreparables al régimen político.

En buena ley, por tanto, los dos grandes partidos que han escenificado esta colisión permanente deberían centrar sus propuestas en una recuperación del tono más constructivo y distendido que caracteriza en todas partes a la normalidad democrática. Y en verdad se advierten algunas propuestas plausibles que van en esta dirección; por ejemplo, el PP ha manifestado su voluntad aparentemente sincera de recuperar el consenso en materia de política exterior. Pero junto a estas ideas edificantes siguen deslizándose los exabruptos y las descalificaciones con tanta inquina que todo indica que el clima general, ya bastante crispado, se irá volviendo irrespirable a medida que se aproxime la fecha electoral.

Por puro azar, las elecciones se celebrarán en un marco de incertidumbre económica, debida en su mayor parte a la dudosa coyuntura internacional pero también al aterrizaje del sector construcción. Esta evidencia, percibida por la sociedad, obligará a los partidos a centrar en buena medida el debate en este territorio sensible. Y ahí sí que los consensos son tan posibles como irremediables: en esta clase de asuntos, no cabe apenas la demagogia, ni siquiera el voluntarismo: la continuidad de la política económica es un dato estructural (no coyuntural) de nuestro modelo sociopolítico que nadie está dispuesto a enajenar porque todos sabemos que la ortodoxia económica que nos ha traído hasta aquí de la mano de Pedro Solbes y de Rodrigo Rato ha sido la causa principal de nuestro bienestar, de que hayamos escalado nada menos que hasta el puesto 13 del mundo en el Índice de Desarrollo Humano, un valioso patrimonio que nadie puede arrojar por la borda y que los ciudadanos defenderemos con ahínco y determinación.

A fin de cuentas, esta estabilidad en lo económico es lo que demuestra la madurez de fondo de nuestro régimen, que en los últimos cuatro años ha dado sin embargo demasiadas muestras de bisoñez y de inconsistencia.

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