aunque sonrió ante las elucubraciones de su amigo, el tono de voz de Pardo reflejó claramente que también a él los pocos avances que realizaban en su investigación le preocupaban. Contestó:
-Sabes perfectamente que a todos nos pasa lo mismo cuando nos parece que nos quedamos estancados. Pero también debes de reconocer que, cuando menos te lo esperas, surge algo en lo que no habías pensado; digamos que se te enciende la bombilla. A mí, particularmente, no me parece mal lo que dices.
-Será muy difícil porque había muchas huellas...
-No importa. Podemos encargar a Mendoza y Suárez que fotografíen, como tú dices, los neumáticos de los coches que pertenecen a todos los que has nombrado. Yo, por mi lado, creo que debemos ocuparnos personalmente de algo que también me preocupa. Recuerdas que hace unos días hablamos con la media docena de mendigos que aún viven en las cuevas del barranco. Si bien se conocen entre sí, ninguno reconoció haber hablado con el 'Miserias' sobre el asunto. Pero a mí me parece esto muy extraño. Date cuenta de que el puente de El Cabo, aunque está a muy poca altura del cauce del barranco y es muy poco transitado por la noche, al 'Miserias', a él solo, le habría sido imposible ocultar las dos momias donde aparecieron. Habría tenido que utilizar una escalera para lograrlo o ponerse de acuerdo con un amigo para que lo ayudara. Subiéndose uno sobre el otro, en la oscuridad de la noche, pudieron hacerlo.
-¡Oye, tienes razón! -respondió Miranda entusiasmado-. No se me había ocurrido pensar en eso.
-A mí me vino a la cabeza ese hecho ayer. Mañana, sin falta, debemos ir a ver a esa gente... Tengo la impresión de que alguno de ellos sabe algo al respecto.
1 de junio, sábado
Aún siendo sábado, los agentes Suárez y Mendoza, habituales colaboradores de Miranda y Pardo, se pusieron de acuerdo por la mañana para llevar a cabo la tarea que sus jefes les habían encargado. Hicieron una lista con los nombres y direcciones de todas las personas implicadas en el caso, y a través del directorio de la Jefatura de Tráfico obtuvieron la matrícula de sus vehículos. A media mañana, con la información recibida, se aprestaron a cumplir su misión. Por ser sábado, muchas personas que figuraban en su lista no trabajaban, así que la tarea les resultó sencilla puesto que sus vehículos permanecían en los garajes. Procurando no llamar la atención -sólo en cuatro ocasiones molestaron a los porteros de los edificios respectivos para poder acceder a las correspondientes plantas de aparcamientos-, fotografiaron y sacaron muestras con plastilina del dibujo de los neumáticos que deseaban y marcaron su ubicación. Al mismo tiempo, observaron si alguno de ellos tenía señales que pudiesen hacer más fácil su identificación.
Al finalizar la mañana habían examinado nueve de los doce coches que sus jefes les habían indicado. Sólo les faltó examinar el de Sosa -según el portero de su edificio, había salido con su familia hacia el sur de la isla-; el de Fresneda -el taller del concesionario de Mercedes cerraba los sábados-, y el de Murillo, el gerente de la Federación de la Construcción, que no tenía garaje y no pudieron encontrarlo aparcado por los alrededores de su casa. Decidieron dejar esa tarea para el día siguiente, de modo que, considerando su misión cumplida, regresaron a la Comisaría de Policía a primera hora de la tarde.
Después de almorzar juntos el día anterior, Pardo y Miranda se habían puesto de acuerdo para verse a media mañana e ir a interrogar una vez más a los vagabundos que continuaban viviendo en el barranco. Increíblemente, la suerte los acompañó desde el primer momento, porque iniciaron el trabajo localizando a un tal Juanito 'lavacoches', un tipo alto y rubio, con la cara picada por la viruela, de unos cuarenta años. Vivía -es un decir- en una pequeña habitación que se había construido a la vera del barranco, cerca del puente Serrador y próxima al solar donde se construía el nuevo museo de arte moderno Oscar Domínguez promovido por el Cabildo, obra ésta que, al igual que el Auditorio y el Recinto Ferial, prometía ser un hito arquitectónico para la ciudad y la isla. Debajo del puente, en otro solar cuyo destino el ayuntamiento capitalino aún no había decidido, solían aparcar desde las primeras horas de la mañana gran cantidad de vehículos. La mayoría de ellos pertenecía a gente de la clase media, empleados de oficinas, bancos o funcionarios, que con frecuencia deseaban ver sus coches limpios y relucientes. Muchos desamparados por la fortuna salían adelante gracias a lo que recibían dedicándose a esa tarea en diferentes zonas de la ciudad, y uno de ellos era Juanito 'lavacoches'. Como vivía a pocos metros de allí parecía ser el jefe de un equipo, formado por otros tres muchachos más jóvenes y él, que se preocupaban de dirigir la maniobra de los conductores para que al aparcar ocupasen el menor espacio posible. Luego, si la ocasión se terciaba, se ofrecían para lavarlos recibiendo a cabo una propina que solía ser de un par de euros.
Cuando llegaron al aparcamiento donde se hallaba el individuo en cuestión, la experiencia de los dos policías les indicó en un par de minutos que le había ocultado alguna información a Pardo al interrogarlo éste días atrás. En efecto, su mirada huidiza, sus continuos carraspeos, su inquietud, reflejaban claramente su incomodidad. No obstante saludó a Pardo con mucha educación.
-Buenos días, inspector -dijo con semblante serio mientras inclinaba ligeramente la cabeza dirigiéndose a Miranda-. ¿Necesitaba algo?
Aunque fuese un vagabundo, también Pardo lo trató respetuosamente. Después de todo su interlocutor nunca había estado encarcelado, y si prefería vivir junto al barranco eso era asunto suyo.
-Pues sí, Juan, veníamos en su busca. Mi acompañante es el inspector Miranda; trabajamos en el mismo caso.
-¿En el del 'Miserias'? Ya he visto en los periódicos que no han encontrado ustedes todavía a quien lo mató...
-No, aún no -dijo Pardo, y lo miró fijamente a los ojos-, pero lo haremos pronto si usted se decide a ayudarnos.
La expresión del 'lavacoches' reflejó el efecto que las palabras del inspector le produjeron. No obstante, aparentando sorpresa, dijo:
-¿Yo? ¿Cómo puedo hacerlo? Ya le dije el otro día que lo conocía de vernos en el barranco; sólo eso.
Su respuesta permitió a Pardo convencerse de que su interlocutor era la persona que buscaba. Su tono de voz, titubeante e insegura, traicionó su deseo de demostrar lo que afirmaba. Ante esto, Pardo decidió actuar con firmeza.
-Déjese de tonterías, Juan. Sé que no ha estado nunca en un calabozo y sería una pena que ingresase en uno por primera vez por no colaborar.
-¿Por qué? -Su voz no pudo ocultar el temor que lo embargaba-. Yo no he hecho daño a nadie...
-Estamos seguros de eso, Juan -intervino entonces Miranda-, pero sabe algo respecto al 'Miserias' y nos lo ha ocultado.
Sin darse cuenta el 'lavacoches' había alzado un poco la voz y se percató de que algunas personas los miraban. Tras unos instantes de duda hizo una seña a sus ayudantes e indicó a continuación a los dos policías que se alejaran un poco del aparcamiento. Luego, sin nadie que los oyera, les preguntó con tono apesadumbrado:
-¿Cómo lo han averiguado? Hace días que apenas duermo...
-No fue difícil... -dijo Pardo-. Después de todo es usted quien más cerca de él vivía. Si necesitó ayuda parecía lógico pensar que acudiese a usted. Fue usted quien lo ayudó a poner las momias debajo del puente, ¿verdad?
El gesto de estupor del 'lavacoches' hizo sonreír a los dos policías, que no obstante permanecieron en silencio. Ante esto, su interlocutor rompió a hablar con cierta desesperación.
(Continuará)
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